En las redes sociales encontramos imágenes de acoso escolar con cierta frecuencia. Últimamente nos ha escandalizado un vídeo en el que se ve a una matona, delante de muchos compañeros, asustar a otra niña, la cual, con voz temblorosa, le dice que se equivoca, que ella no la ha insultado. La agresora, tras mucho vocerío y aspavientos de gentuza, de repente, se vuelve y ,tomando carrerilla, propina a la criatura un crochet de derechas que ya quisieran manejar algunos boxeadores, para seguir arrastrándola del pelo y golpeándola una vez caída. Los presentes, para su deshonra, filman la agresión y no auxilian a la más débil. Ahora se llama bullying, que a todo hay que ponerle nombre anglo, por lo visto.
Siempre ha sido abuso, tan reprobable y natural como el que seguirán cometiendo estos niños cuando sean adultos y ya desde la adolescencia, con una clara predisposición a la violencia que, por suerte, es algo excepcional pero, no lo olvidemos, latente.
Cuando éramos niños, si el fuerte agredía al débil en la escuela lo llamábamos "abusón", aunque, cualquiera que fuera el nombre, la agresión se producía igualmente. Si no podía ser en la escuela, era a la salida o la entrada, que siempre hemos sido muy de "dímelo en la calle". También diré que mucho más frecuentemente entre los chicos que entre ellas.
Hoy esa conducta tiene unos componentes distintos, porque hay menos permisividad formal hacia la violencia y, además, ésta puede encontrarse en las redes sociales, con lo que su alcance es mayor por el efecto multiplicador de los mensajes enviados en progresión. Es la misma agresividad que hubo siempre y nos escandalizamos cuando, sensibles y poco comprometidos, lo vemos filmado.
Pero esta violencia es sustancialmente como toda violencia humana, lo de las tecnologías aplicadas, las llamadas TICs, no es más que algo adjetivo.
El otro día, un colega me remitió por la red social varios vídeos en los que unos sujetos, mientras explican lo que están haciendo, con voz en off que recita una aleya del Corán,; en el nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso, el camino recto, la luz de los creyentes, empiezan a decapitar a un pobre desgraciado, a cuchillo, dejando la cabeza sobre su espalda, bien colocada para que pudiera apreciarse sin duda la cara del muerto con gesto que inspira tanto horror como pena. Empiezan el degüello "en el nombre de Dios" y acaban diciendo "Dios es el más grande". No hay mayor blasfemia, no existe sacrilegio más imperdonable que citar a Dios mientras se degüella a un semejante, sobre todo cuando la recitación del Libro empieza refiriéndose a la compasión y misericordia divina.
Este sacrilegio se ha repetido ya demasiadas veces en la historia, unas veces por fanatismo ciego, otras ocultando intereses inconfesables. Siempre por parte de todos.
La misma violencia se adivina en el comunicado de reivindicación del 11-M, donde aparecen los terroristas, dirigidos por el pequeño y resentido Lamari cargado de explosivos, quien lee una nota delante de una bandera extendida sobre la pared de fondo, con la Suhada musulmana: "No hay más Dios que Al.lah y Mohammed es su profeta". La tela donde estaba escrita en árabe la profesión de fe, la tenían sujeta al muro con unas tiritas; además de cutre, resultaba increíble que hicieran eso quienes acababan de matar a 191 inocentes. No cabe justificarse en un pretendido derecho de retorsión en respuesta a la violencia sobre la comunidad a la que dicen representar y que ni representan ni defienden, sino que perjudican.
No hay mayor infamia que matar premeditadamente en nombre de cualquier idea o derecho, si esto no se tiene claro, rascando un poco, aparecerá el talibán que llevamos dentro.
Violencia, siempre unida a una o sus dos vertientes, la moral y la física. Y no siempre la primera es menos grave que la segunda.
Ricardo Vermelho era un niño compañero de clase. Era retrasado y había repetido el curso varias veces, de manera que estaba sentado al final de la clase, sin molestar, sin entender muy bien lo que se explicaba, ignorado, como si fuera transparente. Solo de vez en cuándo reparábamos en él y era para burlarnos.
Lo llamábamos Vermelo, sin dar a su apellido la pronunciación portuguesa, porque Ricardito era retrasado y a veces no entendía porque era portugués; mejor dicho, nosotros éramos los que no entendíamos que él no pudiera comprendernos bien a veces.
El pobre Vermelo tenía dificultades para hablar, igual que las tenía para entender. Como todos lo sabíamos, disimulábamos que le pedíamos hacer una cuenta para ver cómo pronunciaba:
---"Vermelo, a ver si te sale la cuenta. Pero de cabeza, nada de pizarra. A ver: ciento cincuenta, más ciento cincuenta, más cuatrocientos, más siete". Entonces Ricardito se ponía a sumar con los dedos, movía los labios mientras su cerebro iba al ralentí, gesticulaba, contrariado negaba con la cabeza; paraba y seguía con sus cálculos hasta que creía encontrar la solución y respondía con cara alegre:
---"Tetetientos tetenta y tiete" entre el jolgorio general, al que se unía él mismo creyendo que todos celebrábamos sus dotes matemáticas. Una escandalera de risas. Alguno se caía al suelo tronchado y el pobre Vermelo se sumaba a la juerga creyéndose importante por su logro. Ese día, sin embargo, aprendí una lección que nunca olvidaré; porque uno de los juerguistas dio un cogotazo leve al pobre Ricardo. Entonces uno de los que se reían empujó al que había tocado a Vermelo y , sujetándolo por el cuello, dijo:
---"Nos reímos porque se ríe. Pero no lo toques o te aseguro que te las verás conmigo". La amenaza sonaba de una violencia terrorífica. Las risas se hicieron silencio. Unos guardaron silencio por miedo, otros por vergüenza de haberse burlado de un disminuido, la mayoría sin saber porqué uno de los participantes de la abusiva broma se había vuelto contra ellos; se había pasado una línea y el forzudo que tenía acogotado por el cuello al bromista no estaba dispuesto a tolerarlo. Ricardito seguía sonriente con cara de alegría. El que lo iba a defender, Ruano, un mocetón rubio de oscuros orígenes, seguramente, hubiera sido, con motivo de la defensa de su dignidad, violento en extremo; no era buena gente Ruano para mí, hasta que descubrí que incluso dentro de los más malos puede aparecer un ángel que proteja a los inocentes.
El hombre puede siempre ser un monstruo o un ángel. Si no fuéramos tan prepotentes entenderíamos que tal vez solo hay una virtud que esté por encima de la inteligencia; la bondad. Seguramente, de todos los que estábamos allí, el único bueno era Vermelo y quien demostró que se puede ser malo y redimirse ayudando a un inocente fue Ruano.
"Quien salva una vida es como si salvara a la humanidad". (Corán 5,32)
Recuerdo también que, cuando con motivo de alguna ocurrencia de Vermelo o de otro cualquiera, nos reíamos a carcajada limpia, un profesor, el catequista, del que guardo un grato recuerdo, daba tres golpes con la regla en la mesa y, con una voz firme y ofendido por nuestra desafección, nos llamaba al orden:
---"Silencio, de qué os reís. Reírse de un semejante o murmurar a sus espaldas es un terrible pecado. Quizás el peor, porque es una falta de caridad". Creo que nadie en la clase entendía lo que quería decir.
Con el tiempo he aprendido que la manera de conducirse Ruano y los avisos del catequista eran ejemplos que debieran ser una referencia.
"En la escuela, al salir de recreo
al patio empujándose,
si ves a uno que lo llaman
el Capacobardes
que le escupe en la oreja al tonto
de la clase
y se planta aguardando
que el otro se arranque
helados en vidrio verás allí
los ojos del que sabe."
La misma violencia se adivina en el comunicado de reivindicación del 11-M, donde aparecen los terroristas, dirigidos por el pequeño y resentido Lamari cargado de explosivos, quien lee una nota delante de una bandera extendida sobre la pared de fondo, con la Suhada musulmana: "No hay más Dios que Al.lah y Mohammed es su profeta". La tela donde estaba escrita en árabe la profesión de fe, la tenían sujeta al muro con unas tiritas; además de cutre, resultaba increíble que hicieran eso quienes acababan de matar a 191 inocentes. No cabe justificarse en un pretendido derecho de retorsión en respuesta a la violencia sobre la comunidad a la que dicen representar y que ni representan ni defienden, sino que perjudican.
No hay mayor infamia que matar premeditadamente en nombre de cualquier idea o derecho, si esto no se tiene claro, rascando un poco, aparecerá el talibán que llevamos dentro.
Violencia, siempre unida a una o sus dos vertientes, la moral y la física. Y no siempre la primera es menos grave que la segunda.
Ricardo Vermelho era un niño compañero de clase. Era retrasado y había repetido el curso varias veces, de manera que estaba sentado al final de la clase, sin molestar, sin entender muy bien lo que se explicaba, ignorado, como si fuera transparente. Solo de vez en cuándo reparábamos en él y era para burlarnos.
Lo llamábamos Vermelo, sin dar a su apellido la pronunciación portuguesa, porque Ricardito era retrasado y a veces no entendía porque era portugués; mejor dicho, nosotros éramos los que no entendíamos que él no pudiera comprendernos bien a veces.
El pobre Vermelo tenía dificultades para hablar, igual que las tenía para entender. Como todos lo sabíamos, disimulábamos que le pedíamos hacer una cuenta para ver cómo pronunciaba:
---"Vermelo, a ver si te sale la cuenta. Pero de cabeza, nada de pizarra. A ver: ciento cincuenta, más ciento cincuenta, más cuatrocientos, más siete". Entonces Ricardito se ponía a sumar con los dedos, movía los labios mientras su cerebro iba al ralentí, gesticulaba, contrariado negaba con la cabeza; paraba y seguía con sus cálculos hasta que creía encontrar la solución y respondía con cara alegre:
---"Tetetientos tetenta y tiete" entre el jolgorio general, al que se unía él mismo creyendo que todos celebrábamos sus dotes matemáticas. Una escandalera de risas. Alguno se caía al suelo tronchado y el pobre Vermelo se sumaba a la juerga creyéndose importante por su logro. Ese día, sin embargo, aprendí una lección que nunca olvidaré; porque uno de los juerguistas dio un cogotazo leve al pobre Ricardo. Entonces uno de los que se reían empujó al que había tocado a Vermelo y , sujetándolo por el cuello, dijo:
---"Nos reímos porque se ríe. Pero no lo toques o te aseguro que te las verás conmigo". La amenaza sonaba de una violencia terrorífica. Las risas se hicieron silencio. Unos guardaron silencio por miedo, otros por vergüenza de haberse burlado de un disminuido, la mayoría sin saber porqué uno de los participantes de la abusiva broma se había vuelto contra ellos; se había pasado una línea y el forzudo que tenía acogotado por el cuello al bromista no estaba dispuesto a tolerarlo. Ricardito seguía sonriente con cara de alegría. El que lo iba a defender, Ruano, un mocetón rubio de oscuros orígenes, seguramente, hubiera sido, con motivo de la defensa de su dignidad, violento en extremo; no era buena gente Ruano para mí, hasta que descubrí que incluso dentro de los más malos puede aparecer un ángel que proteja a los inocentes.
El hombre puede siempre ser un monstruo o un ángel. Si no fuéramos tan prepotentes entenderíamos que tal vez solo hay una virtud que esté por encima de la inteligencia; la bondad. Seguramente, de todos los que estábamos allí, el único bueno era Vermelo y quien demostró que se puede ser malo y redimirse ayudando a un inocente fue Ruano.
"Quien salva una vida es como si salvara a la humanidad". (Corán 5,32)
Recuerdo también que, cuando con motivo de alguna ocurrencia de Vermelo o de otro cualquiera, nos reíamos a carcajada limpia, un profesor, el catequista, del que guardo un grato recuerdo, daba tres golpes con la regla en la mesa y, con una voz firme y ofendido por nuestra desafección, nos llamaba al orden:
---"Silencio, de qué os reís. Reírse de un semejante o murmurar a sus espaldas es un terrible pecado. Quizás el peor, porque es una falta de caridad". Creo que nadie en la clase entendía lo que quería decir.
Con el tiempo he aprendido que la manera de conducirse Ruano y los avisos del catequista eran ejemplos que debieran ser una referencia.
"En la escuela, al salir de recreo
al patio empujándose,
si ves a uno que lo llaman
el Capacobardes
que le escupe en la oreja al tonto
de la clase
y se planta aguardando
que el otro se arranque
helados en vidrio verás allí
los ojos del que sabe."
No hay comentarios:
Publicar un comentario