martes, 8 de abril de 2014

LAS FALSAS MANECILLAS DEL RELOJ

Todo sirve para algo; o para nada, aunque  hay un invento que siempre fue de ninguna utilidad pero sin el cual no podemos vivir. No son los celulares, ni los coches, ni la comida rápida, no este ordenador desde el que estoy escribiendo. La cosa más importante que no vale para nada es el reloj. Siempre hemos estado empeñados en medir el tiempo, como si el tiempo fuera algo objetivamente mensurable, hemos recurrido al reloj para medir otras cosas como el ritmo del corazón, el cálculo de una velocidad para medir arbitrariamente conceptos como emergías, aceleraciones o cambios de meses.

 El sol sale, la tierra se mueve, las estaciones pasan, se nos cae el pelo y nos duelen los huesos, eso es por el paso del tiempo o nos pasa mientras el tiempo pasa. No creo que nadie sepa, hasta las últimas consecuencias, qué sea el tiempo, y , como digo, nos empeñamos en medirlo con latidos, con el movimiento de astros y sus luces o sombras, con el goteo de una clepsidra o un hilo de arena que vacía una ampolla de cristal mientras se contradice llenando otra, lo que es tan absurdo como cualquier otro sistema, solo un intento más de medir el tiempo;  por el movimiento de granos de arena que vienen por su gravedad. Si admitimos, en fin,  que el tiempo existe, habría que decir, como el poeta: "¡Si el tiempo supiera que el hombre lo cuenta!"

Y, empeñados en calcular su transcurso, hasta un reloj parado puede dar dos veces al día la hora. En mi blog tenéis otro reloj que ha colocado un buen amigo que no sirve para nada (el reloj, que mi amigo siempre fue de inteligencia despierta y buena gente), si no fuera por eso, porque lo ha colocado un amigo, lo quitaría; pero lo dejo porque tal vez sirva para medir cuánto dura nuestra amistad, que viene de lejos. ¿Y si los relojes fueran marcha atrás? ¿Es que el pasado no existe? Existe tanto como el presente si yo lo siento. Digo que mi amigo lo es desde la juventud, desde hace años y es como si hubiera puesto un reloj cuando lo conocí que hubiera estado cronometrando nuestra amistad, porque el reloj siempre mide el futuro desde el pasado.

Ojalá pudiéramos construir un reloj cuyas manecillas fueran al revés, como el  reloj de la catedral de Florencia, para retroceder en el tiempo.

Todo es arbitrario en lo que al tiempo se refiere. En Florencia hubo un tiempo en que empezaban el año el 26 de marzo (o sea, el día de mi cumpleaños) y los relojes mecánicos empezaron a ir a derechas porque en el hemisferio norte el sol proyecta la luz del gnomon de los relojes en el sentido horario. ¿Y en el hemisferio sur? Porqué  no usar allí relojes a izquierdas o antihorarios?

 Luego, con la mecánica, vinieron los husos horarios, ya que con los relojes de sol nunca amanecía y anochecía en un país a la misma hora, con lo que empezamos a apartarnos de la naturaleza y a someter nuestra vida a la mecánica. ¡Quien supiera!

Y allí mismo, en Florencia, está la solución al  dilema del tiempo y a las máquinas de medirlo que son los relojes. El reloj falso de Santa María Novella. Es un fresco con una esfera horaria y unas agujas que nunca se movieron. Bordeando la esfera, una advertencia en latin de Agnolo Poliziano:

" Sic fluit occulte, sic multos decipit aetas, Sic uenit ad finem quidquid in orbe manet. Heu, heu, praeteritum non est reuocabile tempus!"

Así fluye, oculta, la edad que a tantos engaña. Así llega a su fin todo lo que permanece en el mundo. Ay! que el tiempo pasado es irrevocable!     

Con todo lo cual tampoco estoy muy de acuerdo, porque negando el tiempo no admito la posibilidad de poder volver atrás en el mismo. Cualquiera tiempo pasado no fue más que pasado y solo en la medida que lo recordamos. Y si consideramos que el pasado fuera mejor o quisiéramos hacerlo revocable no es más que por nuesto presente estado de infelicidad.

Aspiramos a ser felices y recordamos que antes lo fuimos. Cualquiera tiempo pasado está sujeto a nuestro juicio del presente y a nuestro anhelo soñado de haber sido felices antes, cuanto esperamos serlo en el porvenir.

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