domingo, 6 de abril de 2014

EL GUSANO DE LA IGNORANCIA

Estamos empeñados en ser cada vez más eficientes; en respetar la naturaleza sin dejar en ella ninguna huella ecológica; algo así como intentar que dentro de 50 millones de años nadie pudiera sospechar que existió el ser humano.

Nos damos demasiada importancia. Creemos saber mucho sobre el tiempo pasado y sobre cómo reorientar el tiempo futuro. No comprendemos que nuestra sociedad está basada en el consumo y que, por muy eficientes que seamos, lo que conseguiremos será una forma más eficaz de eso justamente, de consumo.

El reciclaje no es más que una forma tal vez más respetuosa del entorno pero, no lo olvidemos, el reciclaje sirve para volver a utilizar bienes de consumo de manera más económica. Japón, que carece totalmente de materias primas,  lleva décadas recuperando los elementos que una vez utilizados vuelven a usarse para no tener que importarlos; y vienen haciendo esto desde mucho antes que en Europa se hablara del reciclaje, cuando occidente no era más que pura economía del despilfarro. Este increíble país se mueve entre la estética y la filosofía Zen y la energía nuclear como única fuente barata que mantenga los estándares de consumo necesarios para unos ciudadanos que, sin tener una casa que aquí fuera siquiera una solución habitacional, aceptan vivir en un país que tendría que ser pequeño y pobre y que, sin embargo, les da tecnología orientada directamente al consumo.

Creemos tener  capacidad de destruir la naturaleza o de protegerla, y ésta  no es más que una capacidad que escasamente podamos arrogarnos. Entrados en la economía del consumo que, no lo olvidemos, entronca directamente en el núcleo duro del Estado del Bienestar, es difícil pedir que no se abran centrales nucleares en Europa mientras China las instala por decenas, que no se usen CFCs o se contengan las emisiones de gases que producen el efecto invernadero cuando lo países pobres solo pueden llevar a sus ciudadanos a la economía del bienestar mediante tecnologías baratas.

Y todo ello, a través de la circulación de capital. Las energías verdes han hecho que se enriquezcan los mismos que hasta ahora, en nuestro nombre, han estado contaminando el planeta con las energías sucias.

Por mí que no sea; no soy nadie para dejar un entorno degradado a mis hijas y a las hijas de quienes lean esta reflexión desordenada: no consumo mucho agua, no uso el coche, trabajo o leo bajo la luz solar y por la noche me duermo pronto; que tampoco se consume energía, ni siquiera vital, durmiendo. Pero creo que nos damos demasiada importancia y que los gurús de las nuevas verdades pretenden establecer dogmas que hay que creer a pie juntillas y de manera acrítica.

Yo no sé casi nada de todo, pero los que más saben me dijeron, cuando era niño, que se estaba produciendo un enfriamiento global, que cada 11.000 años la tierra experimentaba un desequilibrio axial que ocasionaba estos enfriamientos y que estábamos entrando en una nueva glaciación. Y ahora hablan del calentamiento global, que no cuestiono, que creo desde mi ignorancia como creí en el otro enfriamiento. Lo que no me gusta es que, como consecuencia, haya que cambiar nuestras tecnologías para evitarlo y que los que nos cuiden el aire se llenen los bolsillos. Está bien; la pasta que va y viene nos ha llevado a unos niveles de riqueza y comodidad desconocidos hasta ahora (para algunos occidentales). Quizás lo que ya no me parezca tan razonable es que esto no se sepa, que caigamos en el abismo del pensamiento único y que éste nos lleve a pensar que, de veras, podemos reconducir la naturaleza en todos sus pasos.

Yo reciclo, por si acaso. Voy andando, por si fuera lo conveniente. No me excedo en el consumo porque necesito bien poco y me duele en lo más hondo ver la pobreza de gente que te encuentras por la calle, que ha cruzado mares y vallas para poder hacerse un hueco minúsculo al sol del consumo; los cuales, además, envían una parte de su mísera riqueza a sus familias que nunca imaginaron saber lo que llegara a ser la huella ecológica o la economía sostenible.

Cada 100 millones de años (millón arriba o abajo) cae a la tierra un asteroide. El próximo está tardando, si fuera verdad esa estadística arqueogeológica. Eso si afectaría a la vida en nuestro pequeño, a pesar de todo, paraíso terrenal.

En el Cámbrico, las especies de la tierra empezaron a crecer, propagarse, adaptarse, variar a nuevas formas animales. Se produjo una explosión de vida inimaginable hoy en día, de manera que la evolución que genera nuevos seres aproximadamente cada 150 millones de años, empezó a producirlos cada 30 millones (o 32 millones y siete meses, por ejemplo). Y, de pronto, se produjo la primera de las cuatro extinciones que se dieron durante ese eón. El 95 por ciento de las especies desaparecieron; nada se pareció más al fin del mundo y todo por un enfriamiento de las temperaturas de la superficie que hizo que ascendieran las aguas abisales, las cuales eran muy pobres en oxígeno.

 Después nos hemos extinguido cinco veces más.

Lo llamativo del asunto es que muy sesudos investigadores explican la explosión de vida cambriana por la capacidad de los animales de generar colágeno. ¡Acabáramos!

En Canadá y China encontraron en la década de los 70 un fósil de ese período. Era un gusano con siete u ocho pares de patas, una trompita que parece que era su parte trasera y unas espinas en el dorso, que lo protegían de otros animales que en ese período ya tenían un instinto predador que heredamos de los mismos gusanos marinos.

Hallucigenia, (alucinación) que así se llama el gusano, estaba comiéndose tranquilamente un trozo de carroña submarina cuando se murió y paso a la paleohistoria para demostrarnos que no sabemos clasificarlo taxonómicamente, o sea, que no tenemos ni idea de qué narices es esa alucinación. El gusano cambriano que no sabemos colocar en ningún nicho clasificatorio. El gusano de la ignorancia.

Como no sabemos casi nada de nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario