Ernesto era arqueólogo. Fue un joven que, desde muy pronto, estableció relaciones con la que sería su mujer. En su vida todo fue siempre previsible. Ordenado, concentrado en el estudio, silencioso y aparentemente distante.
Cuando enfermó de cáncer ya había consumido más de la mitad de su tiempo junto a Dora. Iba y venía. Pasaba temporadas fuera de casa, pero siempre mantuvo contacto con su esposa. En su hogar, pasaba horas leyendo o realizando trabajos universitarios, apartado en su estudio.
Durante mucho tiempo esperaron hijos. No vinieron y casi habían desistido de tenerlos cuando Ernesto enfermó. Empezó con un dolor en el costado al que no prestó atención, hasta que una mañana encontró la almohada con una mancha de sangre que había salido de su garganta. Cuando decidió ir al médico le dijeron que no era grave; los indicadores de unos análisis daban resultado negativo.
Seis meses después empeoró y lo metieron en un tubo, parecido a una centrifugadora, que le daba mala espina, porque parecía un nicho.
Cáncer de pulmón. Metástasis en muchos órganos. No más de seis meses de vida. Se lo tomó bien; es como si lo hubiera estado esperando y, a la hora de la verdad, no perdió su entereza porque nunca perdía la calma.
Ernesto era silencioso y pacífico, vivía en su mundo de entendimiento por estudio del pasado, quería a su mujer tiernamente y lo que más lamentaba era no haber tenido un hijo; pero esto, el tierno amor conyugal y el deseo de su descendencia siempre eran sentimientos morigerados, contenidos. Como lo era su miedo a la muerte, que tampoco le aterrorizaba.
En más de una ocasión Dora le había reprochado su distancia y su frialdad. No sabía Dora que cada uno quiere como puede y que no hay amor mejor que otro.
Mónica fue concebida por la soledad de Dora. Se enamoró de otro hombre bueno, de corazón templado y tierno como la miga del pan caliente. Para ella, la distancia de Ernesto era una justificación moral de la aceptación de Luis; un hombre de quien estuvo enamorada desde siempre, en su memoria y a través de sus más íntimos sentimientos.
Tras su embarazo, sin embargo, por no ser buscado, intentó una doble estrategia mediante la que entenderse con su alma; no podía tener un hijo mientras su marido yacía en su lecho de muerte lo que, necesariamente, implicaría abortar. Por otro lado, siempre quiso a su amante, entendiendo que su relación prohibida era admisible en lo más hondo de su corazón. Llegó a la sincera conclusión de que, no siendo amada como quisiera, ella podía querer como su corazón le dictara.
La otra estrategia para entenderse con su alma era la de su maternidad. Siempre quiso ser madre; la fecundación asistida no funcionó más que de forma fallida y fue suficiente un corto acercamiento de Luis para quedar encinta; era como si hubiera sido el hombre que siempre hubieran estado esperando sus entrañas.
Lo que tenía claro era que no podía contárselo a Ernesto y que, si alguien se interesaba por su embarazo, que en poco tiempo se empezaría a notar, bastaba con explicar que había sido generado dentro del matrimonio. Para entonces Ernesto ya habría muerto y no convenía hacerle sufrir ni degradarle ante otros por haber sido objeto de infidelidad. A ese juicio tampoco escaparía ella, pues siempre hay inquisiciones para todos, ya que, si fuera sincera, haría daño a su moribundo esposo y si callara le sería doblemente desleal, uniendo a una traición la ocultación de la misma.
Pasaba el día ensimismada. Ausente. Llorando. Todos pensaban que era por la inminente pérdida de Ernesto, pero la conciencia de su alma no la dejaba vivir más que en la incertidumbre. El remordimiento era lo que la sumía en la amargura.
Inesperadamente llegó un momento en que Ernesto empezó a mejorar. Cada día iba recuperándose. Ese esqueleto quimioterápico de piel sin pelo que había sido empezaba a recuperar el color. A hablar.
Una noche oscura, mientras la enfermera dormitaba tras un mostrador, en total silencio, se lo encontró Dora paseando por las galerías vacías del Hospital, arrastrando una percha con ruedas de la que colgaban varias bolsas de medicamento que poco a poco lo iba mejorando. Se miraron. No cambiaron palabras; simplemente Ernesto tendió su mano llena de esparadrapo que la sujetaban a un gotero; ella la tomó y continuaron callados, caminando juntos por la galería, perdiéndose en la penumbra de las luces de salida de emergencia.
Él había recuperado el resuello y le dijo con una voz profunda:
---"Dora, no hacía falta que vinieras esta noche. Tienes que descansar", mientras ella, en silencio, reflexionaba sobre todo lo que iba sucediendo; que venía a verlo por si un día al llegar ya se hubiera ido y que siempre guardaba en su conciencia el deseo oculto de explicarle su infidelidad. El miedo al juicio de Ernesto, dadas las circunstancias, hizo que callara. Acercó su rostro al de su esposo, como si fuera a decirle algo al oído, en voz baja, en un tono tan silencioso como el de su debilitado enfermo, en esa noche de oscuras galerías. Cuando se aproximó para oírla, ella ,simplemente, le regaló un beso fugaz, lleno de amor, miedo y remordimiento.
Ernesto se había dado cuenta de la clara gestación de Dora. Pero no la tomó por segura ni le preguntó. Lo importante es que estaba allí, que no se había apartado de su lado, por lo que entre sueños febriles recordaba, y que en su estado moribundo de duermevela había soñado verla llorar muchas veces junto a su lecho. La amaba tan profundamente como el agradecimiento puede sumar a un amor pacífico, consolidado en los años, sin altibajos.
Cuando salió del hospital hizo como que no recordara. Dora le habló de su incipiente gestación y él mostró una alegría que su contención no había expresado nunca antes. Por fin iba a ser padre.
Pasaron los años después del nacimiento de Mónica. Ernesto la trató siempre con la corrección y la distancia que un padre atento, pero aburrido y metido en su mundo, puede ofrecer a una niña; a una adolescente. No faltaron, sin embargo, miradas llenas de cariño, caricias fugaces y silencios compartidos.
Sabía Ernesto que el tratamiento contra el cáncer lo había dejado estéril y no recordaba que antes hubiera habido momento alguno para que Dora quedara gestante por alguna relación matrimonial.
Pasó el tiempo. Primero murió Dora rodeada de los suyos. Ernesto envejeció muy rápido, se jubiló y por no ser una carga para su hija, que vivía en Bélgica y viajaba sin parar, presintiendo que su mente era cada vez más turbia, se ingresó voluntariamente en una residencia. Mónica no había tenido hijos para poder trabajar y su padre comprendía que, por el mismo motivo, no podía convertirse en una obligación.
El anciano siguió en soledad recorriendo un lento pero irreversible camino hacia la pérdida del recuerdo; hacia el olvido. En pocos años llegó a no recordar bien a su hija que lo visitaba frecuentemente y acabó por olvidarse de quién era él mismo.
Cuando murió, hace nueve semanas, entre las pertenencias escasas que conservaba en su habitación, la hija encontró una caja vieja, de cartón,que era el único bien y el único recuerdo que conservaba Ernesto. Dentro de la caja había una nota ya casi ilegible y un fósil. Decía la nota:
---"Trilobites que me regaló Mónica. 1984"
El tiempo trae el olvido del dolor. El tiempo es olvido. Amnesia, Anestesia. Amnistía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario