jueves, 10 de abril de 2014

CUCO




Esta mañana he recibido una llamada de mi madre. Habíamos quedado en llevar a consulta veterinaria a su perro, un Yorkshire Terrier que ha sido su compañía desde que falta mi padre y antes acompañó a ambos.

---"Dime. Ya sé lo del veterinario. No se me ha olvidado."

---"No, si ya he ido yo. He tenido que sacrificar a Cuco", me explicaba llorando con desgarro.

La he consolado diciéndole las consabidas excusas de que estaba enfermo, de que lo habían atendido varios facultativos y que no había más remedio que hacer lo que se ha hecho.

Enseguida se me ha olvidado, pero, al volver del trabajo he pasado por la calle donde se encuentra la clínica veterinaria. Creo que cambiaré desde hoy el camino de vuelta.

Al pasar pos allí he reflexionado sobre la cercanía que hay entre los sentimientos de  tristeza y de culpa y en lo diferente que son las sensibilidades de nuestros sentimientos y las formas de suplir nuestras carencias.

---"Si supieras cómo me miraba...", decía mi madre esta mañana, echando de menos al pobre animalillo el cual, con una inteligente e intensísima mirada, parece que entendía todo lo que pasaba y seguro que hizo a mi madre sentir que lo dejara en abandono. En casa, cuando hablábamos, miraba alternativamente a uno u otro, como si estuviera siguiendo la conversación; aunque seguramente solo estaba atento para descubrir alguna señal de cariño a la que responder con todo su afecto.

Para cargarse de fuerza fue mi madre con su amiga al veterinario y evitó que tuviera que llevarlo yo, para no hacerme pasar  el mal trago, porque fui yo quien, por propia iniciativa, lo presenté allí cuando ya estaba desahuciado;  para conseguir una segunda opinión facultativa. Ya era viejo, pero era listo y muy cariñoso. Desde que llegó a casa, siendo un cachorro minúsculo, siempre se alegraba al vernos llegar; expresaba su desaforada alegría con ladridos, saltos y cabriolas hasta que lo acariciábamos y empezaba a serenar su felicidad. No he conocido un perro más amable y agradecido.

Es quien la ha acompañado desde que falta mi padre. Quien la acompañó. No se había separado de ella hasta hoy.

Tras la triste noticia, he visto cruzar por el paso de peatones de la Escuela de Idiomas a un invidente que creo haber encontrado en otras ocasiones. Va con un perro Labrador negro. Para en el semáforo con el animal a su derecha, sujeto por un arnés con forma de asa. Cuando el sonido del semáforo se activa se oye que pronuncia un monosílabo casi imperceptible y el animal arranca con paso firme, justo a su vera, para cruzarle con seguridad. El hombre anda de forma más insegura. Como a zancadas. Levantando los pies, manera en la que se desplaza tal vez para evitar tropiezos. Se pierde entre los peatones junto al perro como si viera por sus ojos. Imagino cómo debe querer ese buen hombre al perro guía.

Estamos necesitados de afecto, la desafección, la omisión del deber de cariño es una culpa que a veces y a buen seguro debe de pesar sobre nuestros corazones. Los que van sobrados, quieren a los animales de forma íntima y sincera. Otros quieren a los animales como si fueran personas y otros más creen que los animales no son inteligentes, no tienen sentimientos y son  poco más que un vegetal o una propiedad material ordinaria.

En este laberinto nos movemos, pero quienes piensan que los animales no son inteligentes o no sienten se equivocan; de pocas cosas estoy tan seguro como de esto.

Un perro guía puede aprender el camino de su dueño de memoria y lo hace tan a la perfección que, cuando se asfalta una calle y se altera alguna marca vial el animal se para y no cruza, teniendo el dueño la certeza de que nunca lo llevará por un mal camino, algo que no podemos afirmar en todo caso de las personas.

Los que vemos no vemos esas cosas. Los que tenemos la certeza afectiva no somos capaces de imaginar cómo puede querer un animal que no se aparta de tu lado en toda su vida y te lleva por los vericuetos del día a día recorriendo calles o acompañándote a los pies del sofá en silencio, cerca, mientras ves la televisión y no ves lo que realmente está pasando, un milagro de afecto que recibimos de los perros a cambio de un poco de pienso y agua. A cambio de mucho menos cariño del que nos dan.

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