sábado, 12 de abril de 2014

LA ZONA GRIS

Decía Primo Levi, en su obra "Si esto es un hombre" que , quizás, los grandes daños de la historia reciente se explican porque unos cuantos, los menos, carecen de todo escrúpulo a la hora de tomar ciertas decisiones y otros, los más, se mueven en una zona gris en la que los reparos morales ceden ante los intereses personales, y ceden más cuanto más perentorios son los mismos. Hay una serie de mecanismos mentales y morales o culturales de control que ceden en cuanto cambian las circunstancias, es como si fueran unos muelles sutiles que pueden dejar de ser de tensión para pasar a convertirse en resortes de presión.

Lo llamativo es con qué frecuencia se produce este cambio de sentido; según nos convenga algo, lo relativizamos en función de nuestros intereses. Casi todos nos movemos en la "zona grigia" de la indefinición y la debilidad.

Vengo del Parque del Pilar. Las glicinias penden en flores arracimadas. He tomado una fotografía de ese espectáculo que, año tras año, vengo presenciando. Sobre un banco estaba durmiendo Mateo, un sujeto al que conozco desde la infancia. De siempre ha sido un tipo violento; una persona que no ha sentido la menor empatía por los sentimientos de los demás. Inteligente, manipulador, pero perdido en su laberinto se dio al consumo del caballo y acabó en prisión.

Con el tiempo supe que era simplemente un psicópata. Recuerdo que, por ser de la misma edad, nos juntábamos a veces con otros amigos y, en plena efervescencia hormonal, íbamos a las cercanías de una residencia femenina a ver pasar chicas en flor. Éramos críos que empezaban la adolescencia, algunos con más rasgos infantiles que de púberes, como era el caso de Mateo que tenía una mente tarada en un cuerpo de niño. Sacó un tirachinas, lo tensó cuanto daban de sí las gomas y con una precisión increíble disparó una piedra contra la nalga de una chica, por el mero hecho de que fuera hermosa; como si fuera un simple objeto sexual al que someter a la violencia con una herramienta infantil pero con un instinto claramente predatorio.

La chica, una moza de unos 16 años, se volvió de repente con lágrimas en los ojos; yo lo veía desde un banco situado enfrente. Los que estaban con Martín se reían y él, serio, volvió a tensar el tirachinas para repetir la acción. La chica se asustó y llorando intentó encontrar la entrada de la residencia.

Tras acabar la EGB  perdí contacto con él y supe que estuvo 12 años en la cárcel por violar en grupo a una chica en un pueblo de la provincia.

Cuando salió de la cárcel se dedicó a pasar heroína cortada unas veces, después rebujado de droga, tarea que hacía compatible con el chuleo de varias mujeres, entre ellas su pareja, a las que, a cambio de caballo,  sometía a la prostitución.

En un ajuste de cuentas, borracho, en una feria de un barrio de la ciudad, otro camello le dio una tunda y me ofreció cincuenta mil pesetas si le daba una paliza al sujeto que lo agredió. Estaba borracho, drogado y metió en mi bolsillo un fajo de billetes a cambio de que esperara al otro pájaro y lo mandara al hospital. Él no se tenía en pie. Siempre fui pacífico, pero de joven, yo era un tipo contenido aunque bastante fuerte y unos días antes, en defensa de mi hermano menor, me las vi con un adulto al que le sacudí de lo lindo, por ese motivo, seguramente, recurrió a mi, considerando que fuera un tipo violento antiguo compañero de correrías. Nunca hubiera aceptado dinero por agredir a nadie y solo hubiera actuado para defenderlo, incluso a él, pero nunca para ser instrumento de venganza.

Meses después ajustó la cuentas al otro y le echó las tripas al aire con una navaja. Volvió a la cárcel. Volvió a salir y siguió con su doble tarea de pasar caballo, ser simpático con toxicómanas a las que protegía y apaleaba alternativamente, para reconciliarse a cambio de más caballo con el fin de conseguir que volvieran a tener sexo prostituido a cambio de dinero que él se quedaba y cambiaba por droga.

Murió su mujer de SIDA. Tuvo una hija con ella que seguramente cuidaría la familia o la asistencia social, mientras entraba y salía de prisión.

Esta mañana, bajo las glicinias, con aspecto patibulario, enfermo de morirse, me ha pedido 50 euros por los viejos tiempos. Aparentaba debilidad y quería provocar misericordia, entraba en la zona gris para, en cuanto tuviera 50 euros, olvidarse de mi, y con la pasta comprar algo de rebujado para pasar el día.

Se los dí:

---"Toma. Cómprate algo para comer. No vendas la metadona y no te metas nada. A partir de ahora no me conoces. ¿Entiendes?"

---"Vale, Rolan, siempre has sido un tío legal. Ya no te molestaré. Por los viejos tiempos"

Seguí tomando fotos de la primavera y él se fue hacia el barrio marginal de las inmediaciones, a comprar mierda que meterse.

Pronto aparecerá muerto o acabará sus días en el hospital.

 Solo.

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