miércoles, 2 de abril de 2014
INFIERNOS
En época de los primeros cristianos se decía que el infierno podía encontrarse bajo tierra; muy hondo. Estaba tan hondo cuanto un yunque podía caer en siete días con sus siete noches.
El infierno está en lo más hondo del corazón, ab imo pectore, en el abismo del corazón.
En mi juventud conocí a otro joven que, sin tener que trabajar para cursar estudios en la universidad, resultó un brillante ingeniero en ciernes. Todo iba bien hasta que un día, como cualquier otro, vino a caer en el infierno. Un accidente de tráfico lo mató. No es que hubiera muerto, que casi lo hizo; simplemente sucedió que lo que su vida fuera hasta el momento dejó de serlo. Murió la persona que era. Sufrió graves daños en el rostro, se gangrenó su cara y, para salvarle la vida, los cirujanos iban cortando trozos de carne muerta de un rostro que resultó terriblemente deformado. Pasaron años sin saberse de él. Estaba en casa; se miraba al espejo y no se reconocía, horrorizado. Si la cara es el espejo del alma, su alma era puro sufrimiento en cada una de sus fibras. Perdido en su infierno, enterrado en el sepulcro de su dormitorio.
Hoy, muchos años después, se le ve por la calle. No nos saludamos por timidez, o porque él hace como que yo no lo conozco y yo como que no prestara atención a quien se me cruza; por que no sepa que sé que murió y ya es otra persona. Está vivo y lleva una nueva vida; tal vez, en el fondo, más humana y verdadera que la que vivimos todos los que no hemos pasado por ese trance, por esa catarsis de morir y resucitar tras una matamorfosis. Con la fuerza necesaria para escalar un abismo tan hondo como puede caer alguien durante siete días con sus siete noches.
El otro día murió Leopoldo María Panero, un poeta maldito que escribía desde el psiquiátrico, olvidado hace tiempo por la "gauche divine". Hay quien lo consideraba nuestro Artaud. Vivía como mendigo en una estación de autobuses, vendía poemas para comprarse cocacola que bebía compulsivamente y tabaco que fumar de manera interminable. Por la noche se ingresaba en el psiquiátrico. Esquizofrénicamente lúcido vivía en su infierno particular; denostado por sus hermanos; en medio de una relación extraña filmada en "El desencanto" y "Después de tantos años", en la que toda la familia Panero hablaba de su padre, magnífico poeta, alcohólico y maltratador, en películas de altísimo nivel que en la forma no son distintas de la televisión basura que todos vemos hoy en día.
Panero define el infierno de la mejor manera; la peor desgracia sobrevenida por un azar irremisible:
"Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina."
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