jueves, 10 de abril de 2014

CUCO




Esta mañana he recibido una llamada de mi madre. Habíamos quedado en llevar a consulta veterinaria a su perro, un Yorkshire Terrier que ha sido su compañía desde que falta mi padre y antes acompañó a ambos.

---"Dime. Ya sé lo del veterinario. No se me ha olvidado."

---"No, si ya he ido yo. He tenido que sacrificar a Cuco", me explicaba llorando con desgarro.

La he consolado diciéndole las consabidas excusas de que estaba enfermo, de que lo habían atendido varios facultativos y que no había más remedio que hacer lo que se ha hecho.

Enseguida se me ha olvidado, pero, al volver del trabajo he pasado por la calle donde se encuentra la clínica veterinaria. Creo que cambiaré desde hoy el camino de vuelta.

Al pasar pos allí he reflexionado sobre la cercanía que hay entre los sentimientos de  tristeza y de culpa y en lo diferente que son las sensibilidades de nuestros sentimientos y las formas de suplir nuestras carencias.

---"Si supieras cómo me miraba...", decía mi madre esta mañana, echando de menos al pobre animalillo el cual, con una inteligente e intensísima mirada, parece que entendía todo lo que pasaba y seguro que hizo a mi madre sentir que lo dejara en abandono. En casa, cuando hablábamos, miraba alternativamente a uno u otro, como si estuviera siguiendo la conversación; aunque seguramente solo estaba atento para descubrir alguna señal de cariño a la que responder con todo su afecto.

Para cargarse de fuerza fue mi madre con su amiga al veterinario y evitó que tuviera que llevarlo yo, para no hacerme pasar  el mal trago, porque fui yo quien, por propia iniciativa, lo presenté allí cuando ya estaba desahuciado;  para conseguir una segunda opinión facultativa. Ya era viejo, pero era listo y muy cariñoso. Desde que llegó a casa, siendo un cachorro minúsculo, siempre se alegraba al vernos llegar; expresaba su desaforada alegría con ladridos, saltos y cabriolas hasta que lo acariciábamos y empezaba a serenar su felicidad. No he conocido un perro más amable y agradecido.

Es quien la ha acompañado desde que falta mi padre. Quien la acompañó. No se había separado de ella hasta hoy.

Tras la triste noticia, he visto cruzar por el paso de peatones de la Escuela de Idiomas a un invidente que creo haber encontrado en otras ocasiones. Va con un perro Labrador negro. Para en el semáforo con el animal a su derecha, sujeto por un arnés con forma de asa. Cuando el sonido del semáforo se activa se oye que pronuncia un monosílabo casi imperceptible y el animal arranca con paso firme, justo a su vera, para cruzarle con seguridad. El hombre anda de forma más insegura. Como a zancadas. Levantando los pies, manera en la que se desplaza tal vez para evitar tropiezos. Se pierde entre los peatones junto al perro como si viera por sus ojos. Imagino cómo debe querer ese buen hombre al perro guía.

Estamos necesitados de afecto, la desafección, la omisión del deber de cariño es una culpa que a veces y a buen seguro debe de pesar sobre nuestros corazones. Los que van sobrados, quieren a los animales de forma íntima y sincera. Otros quieren a los animales como si fueran personas y otros más creen que los animales no son inteligentes, no tienen sentimientos y son  poco más que un vegetal o una propiedad material ordinaria.

En este laberinto nos movemos, pero quienes piensan que los animales no son inteligentes o no sienten se equivocan; de pocas cosas estoy tan seguro como de esto.

Un perro guía puede aprender el camino de su dueño de memoria y lo hace tan a la perfección que, cuando se asfalta una calle y se altera alguna marca vial el animal se para y no cruza, teniendo el dueño la certeza de que nunca lo llevará por un mal camino, algo que no podemos afirmar en todo caso de las personas.

Los que vemos no vemos esas cosas. Los que tenemos la certeza afectiva no somos capaces de imaginar cómo puede querer un animal que no se aparta de tu lado en toda su vida y te lleva por los vericuetos del día a día recorriendo calles o acompañándote a los pies del sofá en silencio, cerca, mientras ves la televisión y no ves lo que realmente está pasando, un milagro de afecto que recibimos de los perros a cambio de un poco de pienso y agua. A cambio de mucho menos cariño del que nos dan.

miércoles, 9 de abril de 2014

PASION

Pasión por el cine y la música. Por si no volviera a escribir antes de Semana Santa, a quienes me acompañan leyendo lo que escribo, esta vez les regalo un aria cantada por la gran Delphine Galou. Es una parte de La Pasión según Mateo de Bach. Se titula "Erbarme dich, mein Gott" y el título, con una sencilla letra, va pidiendo perdón a Dios y se lo pide desde su corazón, rogándole que mire sus lágrimas. No es más que un hermoso poema sobre la piedad. Solo eso dice; escuchad la música.

https://www.youtube.com/watch?v=BBeXF_lnj_M&list=RDBBeXF_lnj_M

Es la entrada de una película titulada "Sacrificio", de Tarkovski. El aria y el film están a la altura.


https://www.google.es/search?q=tarkovski+sacrificio&rlz=1C1AFAA_enES432&oq=tarkovski+sacrificio&aqs=chrome..69i57j0l5.12447j0j7&sourceid=chrome&espv=210&es_sm=122&ie=UTF-8

Disfrutad.

RECARDIÑO VERMELHO


En las redes sociales encontramos imágenes de acoso escolar con cierta frecuencia. Últimamente nos ha escandalizado un vídeo en el que se ve a una matona, delante de muchos compañeros, asustar a otra niña, la cual, con voz temblorosa, le dice que se equivoca, que ella no la  ha insultado. La agresora, tras mucho vocerío y aspavientos de gentuza, de repente, se vuelve y ,tomando carrerilla, propina a la criatura un crochet de derechas que ya quisieran manejar algunos boxeadores, para seguir arrastrándola del pelo y golpeándola una vez caída. Los presentes, para su deshonra, filman la agresión y no auxilian a la más débil. Ahora se llama bullying, que a todo hay que ponerle nombre anglo, por lo visto. 


Siempre ha sido abuso, tan reprobable y natural como el que seguirán cometiendo estos niños cuando sean adultos y ya desde la adolescencia, con una clara predisposición a la violencia que, por suerte, es algo excepcional pero, no lo olvidemos,  latente.

 Cuando éramos niños, si el fuerte agredía al débil en la escuela lo llamábamos "abusón", aunque, cualquiera que fuera el nombre, la agresión se producía igualmente. Si no podía ser en la escuela, era a la salida o la entrada, que siempre hemos sido muy de "dímelo en la calle". También diré que mucho más frecuentemente entre los chicos que entre ellas.

Hoy esa conducta tiene unos componentes distintos, porque hay menos permisividad formal hacia la violencia y, además, ésta puede encontrarse en las redes sociales, con lo que su alcance es mayor por el efecto multiplicador de los mensajes enviados en progresión. Es la misma agresividad que hubo siempre y nos escandalizamos cuando, sensibles y poco comprometidos, lo vemos filmado.

Pero esta violencia es sustancialmente como toda violencia humana, lo de las tecnologías aplicadas, las llamadas TICs, no es más que algo adjetivo.

El otro día, un colega me remitió por la red social varios vídeos en los que unos sujetos, mientras explican lo que están haciendo, con voz en off que recita una aleya del Corán,; en el nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso, el camino recto, la luz de los creyentes, empiezan a decapitar a un pobre desgraciado, a cuchillo, dejando la cabeza sobre su espalda, bien colocada para que pudiera apreciarse sin duda la cara del muerto con gesto que inspira tanto horror como pena. Empiezan el degüello "en el nombre de Dios" y acaban diciendo "Dios es el más grande". No hay mayor blasfemia, no existe sacrilegio más imperdonable que citar a Dios mientras se degüella a un semejante, sobre todo cuando la recitación del Libro empieza refiriéndose a la compasión y misericordia divina.
Este sacrilegio se ha repetido ya demasiadas veces en la historia, unas veces por fanatismo ciego, otras ocultando intereses inconfesables. Siempre por parte de todos.

La misma violencia se adivina en el comunicado de reivindicación del 11-M, donde aparecen los terroristas, dirigidos por el pequeño y resentido Lamari cargado de explosivos, quien lee una nota delante de una bandera extendida sobre la pared de fondo, con la Suhada musulmana: "No hay más Dios que Al.lah y Mohammed es su profeta". La tela donde estaba escrita en árabe la profesión de fe, la tenían sujeta al muro con unas tiritas; además de cutre, resultaba increíble que hicieran eso quienes acababan de matar a 191 inocentes. No cabe justificarse en un pretendido derecho de retorsión en respuesta a la violencia sobre la comunidad a la que dicen representar y que ni representan ni defienden, sino que perjudican.

No hay mayor infamia que matar premeditadamente en nombre de cualquier idea o derecho, si esto no se tiene claro, rascando un poco, aparecerá el talibán que llevamos dentro.

Violencia, siempre unida a una o sus dos vertientes, la moral y la física. Y no siempre la primera es menos grave que la segunda.

Ricardo Vermelho era un niño compañero de clase. Era retrasado y había repetido el curso varias veces, de manera que estaba sentado al final de la clase, sin molestar, sin entender muy bien lo que se explicaba, ignorado, como si fuera transparente. Solo de vez en cuándo reparábamos en él y era para burlarnos.

Lo llamábamos Vermelo, sin dar a su apellido la pronunciación portuguesa, porque Ricardito era retrasado y a veces no entendía porque era portugués; mejor dicho, nosotros éramos los que no entendíamos que él no pudiera comprendernos bien a veces.

El pobre Vermelo tenía dificultades para hablar, igual que las tenía para entender. Como todos lo sabíamos, disimulábamos que le pedíamos hacer una cuenta para ver cómo pronunciaba:

---"Vermelo, a ver si te sale la cuenta. Pero de cabeza, nada de pizarra. A ver: ciento cincuenta, más ciento cincuenta, más cuatrocientos, más siete". Entonces Ricardito se ponía a sumar con los dedos, movía los labios mientras su cerebro iba al ralentí, gesticulaba, contrariado negaba con la cabeza; paraba y seguía con sus cálculos hasta que creía encontrar la solución y respondía con cara alegre:

---"Tetetientos tetenta y tiete" entre el jolgorio general, al que se unía él mismo creyendo que todos celebrábamos sus dotes matemáticas. Una escandalera de risas. Alguno se caía al suelo tronchado y el pobre Vermelo se sumaba a la juerga creyéndose importante por su logro. Ese día, sin embargo, aprendí una lección que nunca olvidaré; porque uno de los juerguistas dio un cogotazo leve al pobre Ricardo. Entonces uno de los que se reían  empujó al que había tocado a Vermelo y , sujetándolo por el cuello,  dijo:

---"Nos reímos porque se ríe. Pero no lo toques o te aseguro que te las verás conmigo". La amenaza sonaba de una violencia terrorífica. Las risas se hicieron silencio. Unos guardaron silencio por miedo, otros por vergüenza de haberse burlado de un disminuido, la mayoría sin saber porqué uno de los participantes de la abusiva broma se había vuelto contra ellos; se había pasado una línea y el forzudo que tenía acogotado por el cuello al bromista no estaba dispuesto a tolerarlo. Ricardito seguía sonriente con cara de alegría. El que lo iba a defender, Ruano, un mocetón rubio de oscuros orígenes, seguramente, hubiera sido, con motivo de la defensa de su dignidad, violento en extremo; no era buena gente Ruano para mí, hasta que descubrí que incluso dentro de los más malos puede aparecer un ángel que proteja a los inocentes.

El hombre puede siempre ser un monstruo o un ángel. Si no fuéramos tan prepotentes entenderíamos que tal vez solo hay una virtud que esté por encima de la inteligencia; la bondad. Seguramente, de todos los que estábamos allí, el único bueno era Vermelo y quien demostró que se puede ser malo y redimirse ayudando a un inocente fue Ruano.

"Quien salva una vida es como si salvara a la humanidad". (Corán 5,32)

Recuerdo también que, cuando con motivo de alguna ocurrencia de Vermelo o de otro cualquiera, nos reíamos a carcajada limpia, un profesor, el catequista, del que guardo un grato recuerdo, daba tres golpes con la regla en la mesa y, con una voz firme y ofendido por nuestra desafección, nos llamaba al orden:

---"Silencio, de qué os reís. Reírse de un semejante o murmurar a sus espaldas es un terrible pecado. Quizás el peor, porque es una falta de caridad". Creo que nadie en la clase entendía lo que quería decir.

 Con el tiempo he aprendido que la manera de conducirse Ruano y los avisos del  catequista eran ejemplos que debieran ser una referencia.

"En la escuela, al salir de recreo
al patio empujándose,
si ves a uno que lo llaman
el Capacobardes
que le escupe en la oreja al tonto
de la clase
y se planta aguardando
que el otro se arranque
helados en vidrio verás allí
los ojos del que sabe."

martes, 8 de abril de 2014

LAS FALSAS MANECILLAS DEL RELOJ

Todo sirve para algo; o para nada, aunque  hay un invento que siempre fue de ninguna utilidad pero sin el cual no podemos vivir. No son los celulares, ni los coches, ni la comida rápida, no este ordenador desde el que estoy escribiendo. La cosa más importante que no vale para nada es el reloj. Siempre hemos estado empeñados en medir el tiempo, como si el tiempo fuera algo objetivamente mensurable, hemos recurrido al reloj para medir otras cosas como el ritmo del corazón, el cálculo de una velocidad para medir arbitrariamente conceptos como emergías, aceleraciones o cambios de meses.

 El sol sale, la tierra se mueve, las estaciones pasan, se nos cae el pelo y nos duelen los huesos, eso es por el paso del tiempo o nos pasa mientras el tiempo pasa. No creo que nadie sepa, hasta las últimas consecuencias, qué sea el tiempo, y , como digo, nos empeñamos en medirlo con latidos, con el movimiento de astros y sus luces o sombras, con el goteo de una clepsidra o un hilo de arena que vacía una ampolla de cristal mientras se contradice llenando otra, lo que es tan absurdo como cualquier otro sistema, solo un intento más de medir el tiempo;  por el movimiento de granos de arena que vienen por su gravedad. Si admitimos, en fin,  que el tiempo existe, habría que decir, como el poeta: "¡Si el tiempo supiera que el hombre lo cuenta!"

Y, empeñados en calcular su transcurso, hasta un reloj parado puede dar dos veces al día la hora. En mi blog tenéis otro reloj que ha colocado un buen amigo que no sirve para nada (el reloj, que mi amigo siempre fue de inteligencia despierta y buena gente), si no fuera por eso, porque lo ha colocado un amigo, lo quitaría; pero lo dejo porque tal vez sirva para medir cuánto dura nuestra amistad, que viene de lejos. ¿Y si los relojes fueran marcha atrás? ¿Es que el pasado no existe? Existe tanto como el presente si yo lo siento. Digo que mi amigo lo es desde la juventud, desde hace años y es como si hubiera puesto un reloj cuando lo conocí que hubiera estado cronometrando nuestra amistad, porque el reloj siempre mide el futuro desde el pasado.

Ojalá pudiéramos construir un reloj cuyas manecillas fueran al revés, como el  reloj de la catedral de Florencia, para retroceder en el tiempo.

Todo es arbitrario en lo que al tiempo se refiere. En Florencia hubo un tiempo en que empezaban el año el 26 de marzo (o sea, el día de mi cumpleaños) y los relojes mecánicos empezaron a ir a derechas porque en el hemisferio norte el sol proyecta la luz del gnomon de los relojes en el sentido horario. ¿Y en el hemisferio sur? Porqué  no usar allí relojes a izquierdas o antihorarios?

 Luego, con la mecánica, vinieron los husos horarios, ya que con los relojes de sol nunca amanecía y anochecía en un país a la misma hora, con lo que empezamos a apartarnos de la naturaleza y a someter nuestra vida a la mecánica. ¡Quien supiera!

Y allí mismo, en Florencia, está la solución al  dilema del tiempo y a las máquinas de medirlo que son los relojes. El reloj falso de Santa María Novella. Es un fresco con una esfera horaria y unas agujas que nunca se movieron. Bordeando la esfera, una advertencia en latin de Agnolo Poliziano:

" Sic fluit occulte, sic multos decipit aetas, Sic uenit ad finem quidquid in orbe manet. Heu, heu, praeteritum non est reuocabile tempus!"

Así fluye, oculta, la edad que a tantos engaña. Así llega a su fin todo lo que permanece en el mundo. Ay! que el tiempo pasado es irrevocable!     

Con todo lo cual tampoco estoy muy de acuerdo, porque negando el tiempo no admito la posibilidad de poder volver atrás en el mismo. Cualquiera tiempo pasado no fue más que pasado y solo en la medida que lo recordamos. Y si consideramos que el pasado fuera mejor o quisiéramos hacerlo revocable no es más que por nuesto presente estado de infelicidad.

Aspiramos a ser felices y recordamos que antes lo fuimos. Cualquiera tiempo pasado está sujeto a nuestro juicio del presente y a nuestro anhelo soñado de haber sido felices antes, cuanto esperamos serlo en el porvenir.

domingo, 6 de abril de 2014

AMNISTIADOS POR EL TIEMPO

Ernesto era arqueólogo. Fue un joven que, desde muy pronto, estableció relaciones con la que sería su mujer. En su vida todo fue siempre previsible. Ordenado, concentrado en el estudio, silencioso y aparentemente distante.

Cuando enfermó  de cáncer ya había consumido más de la mitad de su tiempo junto a Dora. Iba y venía. Pasaba temporadas fuera de casa, pero siempre mantuvo contacto con su esposa. En su hogar, pasaba horas leyendo o realizando trabajos universitarios, apartado en su estudio.

Durante mucho tiempo esperaron hijos. No vinieron y casi habían desistido de tenerlos cuando Ernesto enfermó. Empezó con un dolor en el costado al que no prestó atención, hasta que una mañana encontró la almohada con una mancha de sangre que había salido de su garganta. Cuando decidió ir al médico le dijeron que no era grave;  los indicadores de unos análisis daban resultado negativo. 

Seis meses después empeoró y lo metieron en un tubo, parecido a una centrifugadora, que le daba mala espina, porque parecía un nicho.

Cáncer de pulmón. Metástasis en muchos órganos. No más de seis meses de vida. Se lo tomó bien; es como si lo hubiera estado esperando y, a la hora de la verdad, no perdió su entereza porque nunca perdía la calma.

Ernesto era silencioso y pacífico, vivía en su mundo de entendimiento por estudio del pasado, quería a su mujer tiernamente y lo que más lamentaba era no haber tenido un hijo; pero esto, el tierno amor conyugal y el deseo de su descendencia siempre eran sentimientos morigerados, contenidos. Como lo era su miedo a la muerte, que tampoco le aterrorizaba.

 En más de una ocasión Dora le había reprochado su distancia y su frialdad. No sabía Dora que cada uno quiere como puede y que no hay amor mejor que otro.

Mónica fue concebida por la soledad de Dora. Se enamoró de otro hombre bueno, de corazón templado y tierno como la miga del pan caliente. Para ella, la distancia de Ernesto era una justificación moral de la aceptación de Luis; un hombre de quien estuvo enamorada desde siempre, en su memoria y a través de sus más íntimos sentimientos.

 Tras su embarazo, sin embargo, por no ser buscado, intentó una doble estrategia mediante la que entenderse con su alma; no podía tener un hijo mientras su marido yacía en su lecho de muerte lo que, necesariamente, implicaría abortar. Por otro lado, siempre quiso a su amante, entendiendo que su relación prohibida era admisible en lo más hondo de su corazón. Llegó a la sincera conclusión de que, no siendo amada como quisiera, ella podía querer como su corazón le dictara.

La otra estrategia para entenderse con su alma era la de su maternidad. Siempre quiso ser madre; la fecundación asistida no funcionó más que de forma fallida y fue suficiente un corto acercamiento de Luis para quedar encinta; era como si hubiera sido el hombre que siempre hubieran estado esperando sus entrañas.

Lo que tenía claro era que no podía contárselo a Ernesto y que, si alguien se interesaba por su embarazo, que en poco tiempo se empezaría a notar, bastaba con explicar que había sido generado dentro del matrimonio. Para entonces Ernesto ya habría muerto y no convenía hacerle sufrir ni degradarle ante otros por haber sido objeto de infidelidad. A ese juicio tampoco escaparía ella, pues siempre hay inquisiciones para todos, ya que, si fuera sincera, haría daño a su moribundo esposo y si callara le sería doblemente desleal, uniendo a una traición la ocultación de la misma.

Pasaba el día ensimismada. Ausente. Llorando. Todos pensaban que era por la inminente pérdida de Ernesto, pero la conciencia de  su alma no la dejaba vivir más que en la incertidumbre. El remordimiento era lo que la sumía en la amargura.

Inesperadamente llegó un momento en que Ernesto empezó a mejorar. Cada día iba recuperándose. Ese esqueleto quimioterápico de piel sin pelo que había sido empezaba a recuperar el color. A hablar.

 Una noche oscura, mientras la enfermera dormitaba tras un mostrador, en total silencio, se lo encontró Dora paseando por las galerías vacías  del Hospital, arrastrando una percha con ruedas de la que colgaban varias bolsas de medicamento que poco a poco lo iba mejorando. Se miraron. No cambiaron palabras; simplemente Ernesto tendió su mano llena de esparadrapo que la sujetaban a un gotero; ella la tomó y continuaron callados, caminando juntos por la galería, perdiéndose en la penumbra de las luces de salida de emergencia.

Él había recuperado el resuello y le dijo con una voz profunda:

---"Dora, no hacía falta que vinieras esta noche. Tienes que descansar", mientras ella, en silencio, reflexionaba sobre todo lo que iba sucediendo; que venía a verlo por si un día al llegar ya se hubiera ido y que siempre guardaba en su conciencia el deseo oculto de explicarle su infidelidad. El miedo al juicio de Ernesto, dadas las circunstancias, hizo que callara. Acercó su rostro al de su esposo, como si fuera a decirle algo al oído, en voz baja, en un tono tan silencioso como el de su debilitado enfermo, en esa noche de oscuras galerías. Cuando  se aproximó para oírla, ella ,simplemente, le regaló un beso fugaz, lleno de amor, miedo y remordimiento.

Ernesto se había dado  cuenta de la clara gestación de Dora. Pero no la tomó por segura ni le preguntó. Lo importante es que estaba allí, que no se había apartado de su lado, por lo que entre sueños febriles recordaba, y que en su estado moribundo de duermevela había soñado verla llorar muchas veces junto a su lecho. La amaba tan profundamente como el agradecimiento puede sumar a un amor pacífico, consolidado en los años, sin altibajos.

Cuando salió del hospital hizo como que no recordara. Dora le habló de su incipiente gestación y él mostró una alegría que su contención no había expresado nunca antes. Por fin iba a ser padre.

Pasaron los años después del nacimiento de Mónica. Ernesto la trató siempre con la corrección y la distancia que un padre atento, pero aburrido y metido en su mundo, puede ofrecer a una niña; a una adolescente. No faltaron, sin embargo, miradas llenas de cariño, caricias fugaces y silencios compartidos.

Sabía Ernesto que el tratamiento contra el cáncer lo había dejado estéril y no recordaba que antes hubiera habido momento alguno para que Dora quedara gestante por alguna relación matrimonial.

Pasó el tiempo. Primero murió Dora rodeada de los suyos. Ernesto envejeció muy rápido, se jubiló y por no ser una carga para su hija, que vivía en Bélgica y viajaba sin parar, presintiendo que su mente era cada vez más turbia, se ingresó voluntariamente en una residencia. Mónica no había tenido hijos para poder trabajar y su padre comprendía que, por el mismo motivo, no podía convertirse en una obligación.

El anciano siguió en soledad recorriendo un lento pero irreversible camino hacia la pérdida del recuerdo; hacia el olvido.  En pocos años llegó a no recordar bien a su hija que lo visitaba frecuentemente y acabó por olvidarse  de quién era él mismo.

Cuando murió, hace nueve semanas, entre las pertenencias escasas que conservaba en su habitación, la hija encontró una caja vieja, de cartón,que era el único bien y el único recuerdo que conservaba Ernesto. Dentro de la caja había una nota ya casi ilegible y un fósil. Decía la nota:

---"Trilobites que me regaló Mónica. 1984"

El tiempo trae el olvido del dolor. El tiempo es olvido. Amnesia, Anestesia. Amnistía.

EL GUSANO DE LA IGNORANCIA

Estamos empeñados en ser cada vez más eficientes; en respetar la naturaleza sin dejar en ella ninguna huella ecológica; algo así como intentar que dentro de 50 millones de años nadie pudiera sospechar que existió el ser humano.

Nos damos demasiada importancia. Creemos saber mucho sobre el tiempo pasado y sobre cómo reorientar el tiempo futuro. No comprendemos que nuestra sociedad está basada en el consumo y que, por muy eficientes que seamos, lo que conseguiremos será una forma más eficaz de eso justamente, de consumo.

El reciclaje no es más que una forma tal vez más respetuosa del entorno pero, no lo olvidemos, el reciclaje sirve para volver a utilizar bienes de consumo de manera más económica. Japón, que carece totalmente de materias primas,  lleva décadas recuperando los elementos que una vez utilizados vuelven a usarse para no tener que importarlos; y vienen haciendo esto desde mucho antes que en Europa se hablara del reciclaje, cuando occidente no era más que pura economía del despilfarro. Este increíble país se mueve entre la estética y la filosofía Zen y la energía nuclear como única fuente barata que mantenga los estándares de consumo necesarios para unos ciudadanos que, sin tener una casa que aquí fuera siquiera una solución habitacional, aceptan vivir en un país que tendría que ser pequeño y pobre y que, sin embargo, les da tecnología orientada directamente al consumo.

Creemos tener  capacidad de destruir la naturaleza o de protegerla, y ésta  no es más que una capacidad que escasamente podamos arrogarnos. Entrados en la economía del consumo que, no lo olvidemos, entronca directamente en el núcleo duro del Estado del Bienestar, es difícil pedir que no se abran centrales nucleares en Europa mientras China las instala por decenas, que no se usen CFCs o se contengan las emisiones de gases que producen el efecto invernadero cuando lo países pobres solo pueden llevar a sus ciudadanos a la economía del bienestar mediante tecnologías baratas.

Y todo ello, a través de la circulación de capital. Las energías verdes han hecho que se enriquezcan los mismos que hasta ahora, en nuestro nombre, han estado contaminando el planeta con las energías sucias.

Por mí que no sea; no soy nadie para dejar un entorno degradado a mis hijas y a las hijas de quienes lean esta reflexión desordenada: no consumo mucho agua, no uso el coche, trabajo o leo bajo la luz solar y por la noche me duermo pronto; que tampoco se consume energía, ni siquiera vital, durmiendo. Pero creo que nos damos demasiada importancia y que los gurús de las nuevas verdades pretenden establecer dogmas que hay que creer a pie juntillas y de manera acrítica.

Yo no sé casi nada de todo, pero los que más saben me dijeron, cuando era niño, que se estaba produciendo un enfriamiento global, que cada 11.000 años la tierra experimentaba un desequilibrio axial que ocasionaba estos enfriamientos y que estábamos entrando en una nueva glaciación. Y ahora hablan del calentamiento global, que no cuestiono, que creo desde mi ignorancia como creí en el otro enfriamiento. Lo que no me gusta es que, como consecuencia, haya que cambiar nuestras tecnologías para evitarlo y que los que nos cuiden el aire se llenen los bolsillos. Está bien; la pasta que va y viene nos ha llevado a unos niveles de riqueza y comodidad desconocidos hasta ahora (para algunos occidentales). Quizás lo que ya no me parezca tan razonable es que esto no se sepa, que caigamos en el abismo del pensamiento único y que éste nos lleve a pensar que, de veras, podemos reconducir la naturaleza en todos sus pasos.

Yo reciclo, por si acaso. Voy andando, por si fuera lo conveniente. No me excedo en el consumo porque necesito bien poco y me duele en lo más hondo ver la pobreza de gente que te encuentras por la calle, que ha cruzado mares y vallas para poder hacerse un hueco minúsculo al sol del consumo; los cuales, además, envían una parte de su mísera riqueza a sus familias que nunca imaginaron saber lo que llegara a ser la huella ecológica o la economía sostenible.

Cada 100 millones de años (millón arriba o abajo) cae a la tierra un asteroide. El próximo está tardando, si fuera verdad esa estadística arqueogeológica. Eso si afectaría a la vida en nuestro pequeño, a pesar de todo, paraíso terrenal.

En el Cámbrico, las especies de la tierra empezaron a crecer, propagarse, adaptarse, variar a nuevas formas animales. Se produjo una explosión de vida inimaginable hoy en día, de manera que la evolución que genera nuevos seres aproximadamente cada 150 millones de años, empezó a producirlos cada 30 millones (o 32 millones y siete meses, por ejemplo). Y, de pronto, se produjo la primera de las cuatro extinciones que se dieron durante ese eón. El 95 por ciento de las especies desaparecieron; nada se pareció más al fin del mundo y todo por un enfriamiento de las temperaturas de la superficie que hizo que ascendieran las aguas abisales, las cuales eran muy pobres en oxígeno.

 Después nos hemos extinguido cinco veces más.

Lo llamativo del asunto es que muy sesudos investigadores explican la explosión de vida cambriana por la capacidad de los animales de generar colágeno. ¡Acabáramos!

En Canadá y China encontraron en la década de los 70 un fósil de ese período. Era un gusano con siete u ocho pares de patas, una trompita que parece que era su parte trasera y unas espinas en el dorso, que lo protegían de otros animales que en ese período ya tenían un instinto predador que heredamos de los mismos gusanos marinos.

Hallucigenia, (alucinación) que así se llama el gusano, estaba comiéndose tranquilamente un trozo de carroña submarina cuando se murió y paso a la paleohistoria para demostrarnos que no sabemos clasificarlo taxonómicamente, o sea, que no tenemos ni idea de qué narices es esa alucinación. El gusano cambriano que no sabemos colocar en ningún nicho clasificatorio. El gusano de la ignorancia.

Como no sabemos casi nada de nada.

miércoles, 2 de abril de 2014

INFIERNOS



En época de los primeros cristianos se decía que el infierno podía encontrarse bajo tierra; muy hondo. Estaba tan hondo cuanto un yunque podía caer en siete días con sus siete noches.

El infierno está en lo más hondo del corazón, ab imo pectore, en el abismo del corazón.

En mi juventud conocí a otro joven que, sin tener que trabajar para cursar estudios en la universidad, resultó un brillante ingeniero en ciernes. Todo iba bien hasta que un día, como cualquier otro, vino a caer en el infierno. Un accidente de tráfico lo mató. No es que hubiera muerto, que casi lo hizo; simplemente sucedió que lo que su vida fuera hasta el momento dejó de serlo. Murió la persona que era. Sufrió graves daños en el rostro, se gangrenó su cara y, para salvarle la vida, los cirujanos iban cortando trozos de carne muerta de un rostro que resultó terriblemente deformado. Pasaron años sin saberse de él. Estaba en casa; se miraba al espejo y no se reconocía, horrorizado. Si la cara es el espejo del alma, su alma era puro sufrimiento en cada una de sus fibras. Perdido en su infierno, enterrado en el sepulcro de su dormitorio.

Hoy, muchos años después, se le ve por la calle. No nos saludamos por timidez, o porque él hace como que yo no lo conozco y yo como que no prestara atención a quien se me cruza; por que no sepa que sé que murió y ya es otra persona. Está vivo y lleva una nueva vida; tal vez, en el fondo, más humana y verdadera que la que vivimos todos los que no hemos pasado por ese trance, por esa catarsis de morir y resucitar tras una matamorfosis. Con la fuerza necesaria para escalar un abismo tan hondo como puede caer alguien durante siete días con sus siete noches.

El otro día murió Leopoldo María Panero, un poeta maldito que escribía desde el psiquiátrico, olvidado hace tiempo por la "gauche divine". Hay quien lo consideraba nuestro Artaud. Vivía como mendigo en una estación de autobuses, vendía poemas para comprarse cocacola que bebía compulsivamente y tabaco que fumar de manera interminable. Por la noche se ingresaba en el psiquiátrico. Esquizofrénicamente lúcido vivía en su infierno particular; denostado por sus hermanos; en medio de una relación extraña filmada en "El desencanto" y "Después de tantos años", en la que toda la familia Panero hablaba de su padre, magnífico poeta, alcohólico y maltratador, en películas de altísimo nivel que en la forma no son distintas de la televisión basura que todos vemos hoy en día.

 Panero define el infierno de la mejor manera; la peor desgracia sobrevenida por un azar irremisible:

"Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina."