Enrique, todas las mañanas, muy temprano, aún lejana en el tiempo el alba, en la noche profunda de la madrugada, se prepara para volver a su trabajo. Es viajante.
Tiene una tarjeta de visitas que le da un ficticio cargo de "commercial manager" y, como cada madrugada, casi en mitad de la noche, empieza a viajar con su coche de alta cilindrada, su cara bronceada de beautiful people y su smart phone enchufado al encendedor del turismo.
Parado en un semáforo, en la soledad de una ciudad de paso, bajo la luz anaranjada de las farolas que a destellos se filtraba por el mojado parabrisas, ha visto cruzar, andando, casi al ritmo de las escobillas que iban quitando la lluvia que chorreaba, a una hermosa mujer. Trajeada, con un maletín y cara de cansada ha pasado por delante de él sin reparar siquiera en la presencia del coche. Dos personas se encuentran, no reparan en la otra y nunca más volverán a verse.
Sin muchas ganas de llegar con su maletón con ruedas a entrevistarse con un cliente listo que parece saber más que él de sus propios productos, ha parado en una vía de servicio. Ha dado una cabezada. Cuando se recuperó ya había amanecido; había perdido la noción del tiempo y ya, seguramente, se presentaría con retraso a ofrecer sus productos a ese insoportable comprador.
Antes de arrancar, ha reparado en que, durante la noche, había estacionado junto a un allozo en flor que no había descubierto hasta que lo despertó la luz del día. Se ha bajado del coche y ha tomado una foto de ese gratuito e inesperado espectáculo de belleza al que había llegado durante la oscuridad.
Comprendió que la vida nos lleva o nos trae; sin que sepamos cuándo vamos por un camino o por un atajo y ni siquiera si es de noche o de día.
Para que no sucediera como con la hermosa mujer que se cruzó tres ciudades atrás, como digo, se bajó del coche y con su teléfono "android" tomó una foto de las flores del almendro y de la primavera que se anunciaba. Esa belleza, la estación que va llegando, quedaron archivadas en la tarjeta SIM de su corazón.
Como ya llegaría tarde a la cita, permaneció un rato sentado en el coche, relajado. Un arrendajo llegó volando, tampoco el ave había reparado en él ya que desde el interior del coche observaba en silencio. El animalillo se plantó en la rama de superior del allozo; llevaba una bellota en el pico, estuvo unos segundos, miraba en todas las direcciones;saltó a otra rama y emprendió el vuelo llevándose la semilla; ignorando totalmente al observador.
Enrique puso en marcha el motor de su Audi y se volvió para casa. Con suerte vería a sus hijas a la hora del almuerzo.
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