domingo, 1 de junio de 2014

TRAPECÍTICA 2

Y la crisis de las ciudades italianas se acrecentó más aún con la llegada del oro de América. El emperador Carlos tenía que pagar a los electores para conseguir el la corona imperial, consolidar bajo su cetro la "universitas christiana", para lo que tenía que conseguir apropiarse de la parte privada del oro depositada en los bancos de Sevilla y conseguir cada vez más oro que no hizo más que disparar los precios en España para acabar en Italia o Flandes,  mientras el tejido industrial de nuestro país quedaba arrasado por efecto de la entrada del metal americano y desaparecían comparativamente los grupos sociales productivos.

Los bancos de Sevilla quebraron también, habiéndose establecido antes la regla del depósito con reserva fraccionaria y los créditos forzosos a la Corona. La crisis perfecta provocada esta vez por los poderes públicos y los bancos asociados. Como hoy en día.

Y seguían las admoniciones de los Escolásticos Dominicos: "No os metáis en negocios peligrosos, pues pecáis, aunque sucedan prósperamente y por el solo peligro en que se pusieron los depósitos" recibidos en los bancos.

Siguieron las sucesivas bancarrotas de nuestro país; Felipe II tuvo el honor de reinar en un período en el que estas cíclicas destrucciones de riqueza eran frecuentes. Igual que ahora.

La excepción se dio cuando un banco municipal garantizó el coeficiente de caja al cien por ciento y se financió con unos modestos millajes que resultaban rentables gracias a la seguridad que inspiraban en sus cada vez más depositantes. Un banco de hombres honrados: La Banca Municipal de Amsterdam, gracias a la cual los depósitos quedaban garantizados totalmente, mediante controles semanales de burgomaestres que certificaban que todo el dinero depositado seguía allí. Pero fueron la excepción.

Los ingleses experimentaron la vergonzosa estafa del Banco de Inglaterra con la burbuja inversionista de la Compañía de los Mares del Sur (es el nombre que los españoles dieron al Pacífico que, por entonces era el que todos usaban para designarlo). Otra burbuja. Otra estafa financiera y otro cataclismo económico.

También los franceses tuvieron su personal experiencia de captación fraudulenta de inversiones y sus cíclicas consecuencias cuando, tras la Guerra de Sucesión española, el tesoro real francés estaba en bancarrota (apropiada palabra). El Regente, Louis de Orléans fue convencido por John Law para que se sustituyera el depósito de dinero o facturas por la emisión de billetes bancarios de deuda pública, convirtiendo al rey, a través del regente, en un banquero de la peor calaña, pues se constituyó la Sociedad Comercial del Mississippi, para explotar las magníficas prospectivas de la Luisiana francesa que no era, en realidad, más que una descomunal estafa. La emisión de papel moneda sin reserva de respaldo, el invento de Law, sería un antecedente que seguirían las bancas desde entonces en una práctica aún más peligrosa que la de los depósitos a la vista que pasaban a ser préstamos fraccionados. Otro fiasco descomunal del que se aprovecharon sujetos como Richard Cantillon, el padre de la Economía Política, que se dedicaba a la admisión de depósitos de acciones de la Sociedad Comercial del Mississippi, con reserva de venta. Lo que hizo ya se puede imaginar (enseguida se convirtió en una nueva práctica, aunque a Cantillon quisieron encarcelarlo), vendió las acciones depositadas cuando el precio era más alto y las recompró cuando era más bajo: se acababa de descubrir la especulación bursátil. Arruinó a  sus depositantes y se forró de dinero. La historia es terca, como se ve.




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