Días atrás condenaron a unos banqueros de una caja del Penedés por lo que podría ser un delito de apropiación indebida o, tal vez, delito societario. No van a la prisión, pues ha habido acuerdo y han restituido sus pensiones millonarias. Ante el escándalo de la opinión pública que no entiende cómo en plena crisis alguien puede cometer tal atropello sin mayores consecuencias.
No es nuevo y es culpa de todos. También mía y tuya, del que lees esto, por aceptar que pueda negociarse con el dinero como si de una mercancía común se tratase, por depositar dinero a cambio de intereses y admitir que deben pagarte dinero por tu dinero. Se empieza así y acabamos todos donde estamos. Una y otra vez. La especulación lleva siempre a la euforia, la euforia al desafuero y, entes o después, a que el castillo de naipes especulativo se venga abajo, pues no es, ya se ve, más que cuestión de tiempo. Ciclos en los que todos enloquecemos para venir a dar de bruces, una y otra vez, contra la misma piedra.
Ya en la Trapecítica de Isócrates (muerto en 338 antes de nuestra era) encontramos lo que podía ser un primer documento jurídico en el que un depositante reclama su dinero al banquero, el cual no se lo restituye. Las preferentes, el corralito y todo lo demás ya se dió en la antigua Grecia (y el la nueva) y, desde entonces, sin parar.
Por aquella época los templos griegos eran conocidos bancos que crecían en un entorno favorable hasta que ya en época de Mitrídates explotó la primera burbuja financiera, en el siglo IV antes de Cristo, que hubo de resolverse con una moratoria de 10 años antes de recuperar los depósitos que los banqueros de Éfeso no podían devolver. Desde muy atrás la religión se ha manifestado en templos y en los templos ha habido comercio. Y siempre todo por lo mismo: dejas dinero para que te lo guarden, el que te lo guarda se lo apropia y lo presta a su vez, de manera que si quieres recuperarlo antes que que a él le devuelvan tu dinero te quedas sin el depósito. Así de sencillo. Una apropiación ilegal que todos admitimos cuando esperamos que por la entrega líquida recibamos unos intereses.
Ese es el problema, la contabilidad doble que ya en la Alejandría tolemaica se practicaba en los bancos y que los jurisconsultos romanos entendían como un robo: Si yo entrego un depósito no estoy otorgando un crédito. Esto,además, era pecado de usura y para evitarlo se recurrió a la institución del "depositum confessatum" que permitía encubrir el ilícito y pecaminoso negocio convirtiendo el depósito en un crédito fraccionado. Tan recurrente es el fraude de ley.
Durante el Renacimiento las ciudades italianas experimentaron un increíble desarrollo económico, cultural y social mediante la expansión financiera derivada de la multiplicación ficticia del valor del dinero depositado que generaba una mayor disponibilidad y tráfico financiero, inflando una burbuja que ya por el siglo XIV explotó una vez más, cuando los banqueros devolvían las monedas depositadas aleadas con metales no preciosos o las sustituían con el reconocimiento de la deuda con un simple pagaré. El pagaré no era admitido por los depositantes que no podían afrontar sus deberes mediante la devolución de sus depósitos indisponibles y, así, se ocasionaba un impago en cadena desde el banco hasta el último menestral que no podía cobrar su salario...todo por una pérdida de confianza de los que h¡nunca hubieran debido confiar en que el dinero aumentaba su valor por el mero cambio de mano. Hasta el siglo XVI parece que esas crisis fueron periódicas, por ser conocida la quiebra de la florentina Banca Ricci por entonces. Esta quiebra financiera provocó una falta de confianza y generó un subsiguiente "mancamento della credenza" que paralizaba la sociedad (nuestra contracción del crédito, tras la resaca de la especulación de años atrás).
No es nuevo y es culpa de todos. También mía y tuya, del que lees esto, por aceptar que pueda negociarse con el dinero como si de una mercancía común se tratase, por depositar dinero a cambio de intereses y admitir que deben pagarte dinero por tu dinero. Se empieza así y acabamos todos donde estamos. Una y otra vez. La especulación lleva siempre a la euforia, la euforia al desafuero y, entes o después, a que el castillo de naipes especulativo se venga abajo, pues no es, ya se ve, más que cuestión de tiempo. Ciclos en los que todos enloquecemos para venir a dar de bruces, una y otra vez, contra la misma piedra.
Ya en la Trapecítica de Isócrates (muerto en 338 antes de nuestra era) encontramos lo que podía ser un primer documento jurídico en el que un depositante reclama su dinero al banquero, el cual no se lo restituye. Las preferentes, el corralito y todo lo demás ya se dió en la antigua Grecia (y el la nueva) y, desde entonces, sin parar.
Por aquella época los templos griegos eran conocidos bancos que crecían en un entorno favorable hasta que ya en época de Mitrídates explotó la primera burbuja financiera, en el siglo IV antes de Cristo, que hubo de resolverse con una moratoria de 10 años antes de recuperar los depósitos que los banqueros de Éfeso no podían devolver. Desde muy atrás la religión se ha manifestado en templos y en los templos ha habido comercio. Y siempre todo por lo mismo: dejas dinero para que te lo guarden, el que te lo guarda se lo apropia y lo presta a su vez, de manera que si quieres recuperarlo antes que que a él le devuelvan tu dinero te quedas sin el depósito. Así de sencillo. Una apropiación ilegal que todos admitimos cuando esperamos que por la entrega líquida recibamos unos intereses.
Ese es el problema, la contabilidad doble que ya en la Alejandría tolemaica se practicaba en los bancos y que los jurisconsultos romanos entendían como un robo: Si yo entrego un depósito no estoy otorgando un crédito. Esto,además, era pecado de usura y para evitarlo se recurrió a la institución del "depositum confessatum" que permitía encubrir el ilícito y pecaminoso negocio convirtiendo el depósito en un crédito fraccionado. Tan recurrente es el fraude de ley.
Durante el Renacimiento las ciudades italianas experimentaron un increíble desarrollo económico, cultural y social mediante la expansión financiera derivada de la multiplicación ficticia del valor del dinero depositado que generaba una mayor disponibilidad y tráfico financiero, inflando una burbuja que ya por el siglo XIV explotó una vez más, cuando los banqueros devolvían las monedas depositadas aleadas con metales no preciosos o las sustituían con el reconocimiento de la deuda con un simple pagaré. El pagaré no era admitido por los depositantes que no podían afrontar sus deberes mediante la devolución de sus depósitos indisponibles y, así, se ocasionaba un impago en cadena desde el banco hasta el último menestral que no podía cobrar su salario...todo por una pérdida de confianza de los que h¡nunca hubieran debido confiar en que el dinero aumentaba su valor por el mero cambio de mano. Hasta el siglo XVI parece que esas crisis fueron periódicas, por ser conocida la quiebra de la florentina Banca Ricci por entonces. Esta quiebra financiera provocó una falta de confianza y generó un subsiguiente "mancamento della credenza" que paralizaba la sociedad (nuestra contracción del crédito, tras la resaca de la especulación de años atrás).
Hasta la Peste se convirtió en una ocasión para acumular capital en manos de los supervivientes e invertirlo en nuevos negocios, entre ellos la propia reconstrucción inmobiliaria de las ciudades toscanas. Lo mismo ha pasado tras las grandes guerras del siglo pasado, guardando las distancias.
Se repite la historia. Tantas veces.
Un escolástico español del Siglo de Oro decía de los banqueros: "Hambrientos tragones, todo lo roban y ensucian, salen a la calle son su mesa, su silla, la caja y el libro; como las prostitutas" y reconvenía a los que luego se quejaban cuando no les devuelven el depósito, pero sí aceptan que, a cambio, le paguen intereses "porque sabe que el banquero no le ha de guardar su depósito, sino gastar su dinero", calificando las ganancias de los bancos como "robos con los que os hacéis casas superbas, compráis ricas heredades, con excesivas costas familiares y muchos criados. Hacéis grandes banquetes y vestís costosamente, siendo que cuando os asentasteis a logrear erais pobres" y criticaba a los que depositaban a sabiendas su dinero en el banco para la especulación, ya que "la gente compra como si hubiera más dinero del que en realidad hay", advirtiendo otro escolástico: "pecan los cambiadores y los que les dan el dinero".
Lo dicho por S. de la Calle o Azpilcueta sería aplicable con extraordinaria actualidad a ciertos banqueros de nuestros días y a los que han vivido "por encima de sus posibilidades", pues, unos u otros a sus ojos serían a día de hoy responsables del actual crash.
El "pelotazo" no es de ahora, pues.
Lo que se ve en la televisión, lo de las estafas de las preferentes, la contracción de créditos que nos lleva a la recesión o la estanflación, la euforia etílica financiera de los pasados años, el edificio de engaño y loca confianza en que hemos vivido hasta aquí no tenía más solidez que una burbuja de las que, desde siempre, han venido estallando ante las narices de los que han recurrido a la especulación criminal y los que por ambición han entrado en el juego de entregar su dinero ahorrado a cambio de más dinero, pero fácil, siguiendo la lógica de quien cuestiona alegremente el valor de las cosas y la moral de las finanzas.
Se repite la historia. Tantas veces.
Un escolástico español del Siglo de Oro decía de los banqueros: "Hambrientos tragones, todo lo roban y ensucian, salen a la calle son su mesa, su silla, la caja y el libro; como las prostitutas" y reconvenía a los que luego se quejaban cuando no les devuelven el depósito, pero sí aceptan que, a cambio, le paguen intereses "porque sabe que el banquero no le ha de guardar su depósito, sino gastar su dinero", calificando las ganancias de los bancos como "robos con los que os hacéis casas superbas, compráis ricas heredades, con excesivas costas familiares y muchos criados. Hacéis grandes banquetes y vestís costosamente, siendo que cuando os asentasteis a logrear erais pobres" y criticaba a los que depositaban a sabiendas su dinero en el banco para la especulación, ya que "la gente compra como si hubiera más dinero del que en realidad hay", advirtiendo otro escolástico: "pecan los cambiadores y los que les dan el dinero".
Lo dicho por S. de la Calle o Azpilcueta sería aplicable con extraordinaria actualidad a ciertos banqueros de nuestros días y a los que han vivido "por encima de sus posibilidades", pues, unos u otros a sus ojos serían a día de hoy responsables del actual crash.
El "pelotazo" no es de ahora, pues.
Lo que se ve en la televisión, lo de las estafas de las preferentes, la contracción de créditos que nos lleva a la recesión o la estanflación, la euforia etílica financiera de los pasados años, el edificio de engaño y loca confianza en que hemos vivido hasta aquí no tenía más solidez que una burbuja de las que, desde siempre, han venido estallando ante las narices de los que han recurrido a la especulación criminal y los que por ambición han entrado en el juego de entregar su dinero ahorrado a cambio de más dinero, pero fácil, siguiendo la lógica de quien cuestiona alegremente el valor de las cosas y la moral de las finanzas.
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