viernes, 14 de agosto de 2015

Amy


Hace unos días que se ha cumplido el cuarto aniversario de la  muerte  de Amy Winehouse. Ayer tuve la ocasión de ver una película documental sobre su vida. El film, dirigido por Asif Kapadia, es certero en el análisis de la vida de esta vocalista extraordinaria. Fue una joven judía del norte de Londres. Vivió traumatizada por la ruptura de su familia, por la marcha de su padre, por quien sentía verdadera devoción. Era una mujer de una increíble creatividad, una clarísima voz de un matizado timbre metálico que le sirvió para referir el desgarro de su alma, a través de canciones que explicaban en un par de minutos, a ritmo desgarrado de Jazz, sus terribles tragedias amorosas.

Ella explica en uno de los fragmentos del documental coral que desde niña sufrió constantes depresiones que se trataba con seroxat y rohipnol. Permanentemente repetía que “estaba mal de la cabeza” y que por eso tenía que escribir canciones, como una especie de terapia para ralentizar su proceso realmente irrefrenable de autodestrucción.

Creo que fue el cantante Benett quien consideraba que era una vocalista de Jazz de la altura de E. Fitzgerald; era un alma vieja, por lo mucho vivido y sufrido, en un cuerpo joven. Es memorable el dueto de ambos.

Pero Amy continuó en un suicida proceso de autodestrucción; entre bromas proclamaba: “niños, el alcohol es malo”, mientras tomaba en los ensayos whiskys en vasos de medio litro a tragos sedientos de embriaguez y olvido.

Conoció a personajes del mundo del hip-hop y a cantantes de garaje. Tras una vida sexual extraordinariamente promiscua, se enamoró del politoxicómano Blake Felder porque, como ella dice en el título de una canción, necesitaba un amor que fuera más fuerte que ella. La compañía de Felder la llevó al crack, la heroína y la cocaína, aunque ella, tras vender su primer disco, se compró un piso para poder estar en él “todo el día fumando hierba”. Su relación con Felder fue absolutamente intensa y destructiva, en su canción “We’re still friends”, con una voz desgarrada por la tristeza, celebra su derrota.

Ya esquelética, en pantalones caídos, con aspecto de yonki deteriorado, vistiendo chupa de cuero, tatuajes carcelarios, exagerada mascarilla de ojos y peinado beehive demodé de los años 60, presentó sus nuevos discos, con canciones que hicieron época como “Hello, friend”, “Back to black” o su conocidísima “Rehab”, en las que iba desgranando sus  experiencias de doloroso desamor con desgarrado lenguaje o su resistencia a la rehabilitación, pues, como ella decía, “no tengo ni puta idea de lo que es el éxito, pero sé que es un rollo si no hay drogas”.

Alternaba sus poses en el photocall con los conciertos en los que aparecía totalmente borracha, para pretexto de los paparazzi que hacían escarnio de ella. Eran famosos sus conciertos en los que los pretendidos fans asistían desde la más inhumana tolerancia al deterioro personal y artístico de una de las mejores cantantes de los últimos 50 años.

En su imparable descenso por la pendiente de la autodestrucción, llegó a sufrir bulimia nerviosa. En las fotos del final de su cortísima vida algunos la comparaban a un jamelgo abandonado.

En una de sus canciones finales aseguraba que “el amor me está matando”. Apareció muerta por una parada cardíaca tras consumir una cantidad de alcohol tal que le indujo un coma etílico. Tenía 27 años.

Dejó canciones escritas con letra redonda de adolescente  adornada de corazones. Fue una mujer vulnerable, de maneras extravagantes que ocultaban ideas ingenuas. Y una cantante irrepetible que mezclaba esa ingenuidad con una coherencia que la hacía conocedora de su progresivo desvanecimiento.

Os regalo estas canciones.

 https://www.youtube.com/watch?v=tf5oxF5g4Cg

https://www.youtube.com/watch?v=Sls9tm300ug

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