domingo, 21 de septiembre de 2014

PERSEIDAS (11-8-14)

 F. D. Á.
                                                                                                                 

  + 11-8-2004
                                                                                                                 
  In memoriam.


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Ángela visita el camposanto varias veces al año. Esta mañana temprano, con sus enseres de limpieza, tomó el autobús para entrar en el recinto cuando abre sus puertas. Llena el cubo, saca una bayeta que empapa en el interior del recipiente y la pasa sobre las lápidas de los familiares que yacen allí. Mientras hace esto va refiriendo algo en voz baja, unas palabras silvantes que resultan imperceptibles porque hoy no ha desayunado; no ha tomado sus pastillas y ha olvidado ponerse la prótesis dental. Vista desde lejos, pareciera que habla con sus familiares o , tal vez, estuviera rezando.

Por el camino va repasando de memoria el lugar en que se encuentra un sobrino fallecido prematuramente, una prima que pasó a la otra vida hace meses, sus cuñados... todos están allí. Los recuerda con melancolía y un poco sorprendida de cuántos años han pasado desde que faltan, aunque no están ausentes de su memoria.

Va y viene a la fuente trasegando cubos de agua con los que limpiar otra vez las lápidas. Antes ha retirado un cepillo que se encontraba junto a un ciprés para barrer las escamas de los árboles que el tiempo y el viento habían acumulado sobre la tumba.

De tanto ir ya conoce a los vecinos. El niño enterrado en el patio de párvulos cuyo nombre no se entiende en una chapa sujeta a una cruz, escrita con faltas de ortografía. El panteón del segundo patio de factura neoclásica en el que yacen los huesos de algunas personas pudientes. Las lápidas de los canónigos, unas escritas en latin y otras con unas menciones vanidosas referidas a la importancia del finado.


---"Emilio, tráeme más agua. Quiero dejar esto bien limpio. Aunque no sé para qué tanto... Me quiero ir con la conciencia tranquila..." le dice a su hijo, un hombre de mediana edad que la acompaña, el cual, en silencio se va con el cubo hacia la fuente, entre un bosque de cruces, bajo los cipreses, en una mañana de verano fresca, con aires que traen arrullos de tórtola.

Emilio vuelve con el cubo y observa a su madre, anciana pero enérgica, restregando la lápida de la tumba del padre. Recuerda los epitafios que estudió cuando era universitario.  Se le viene a la memoria una lápida medieval de un prócer insigne que yacía frente al altar, a un lado, en una basílica italiana, bajo una tumba desgastada por el paso de muchos fieles de siglos atrás y de tanto turista que viniera de todo el mundo desde hace pocos años para caminar por encima del sitio en el que reposan sus huesos. Sin pensarlo, se sienta con respeto sobre la losa de un túmulo cercano, observando el trajín de su madre y recordando a su padre, su enfermedad, su agonía y el desgarrador recuerdo que en su día creyó que nada podría borrar. Mientras recuerda fuma un cigarrillo; es adicto al tabaco como lo era él. Antes se emocionaba cuando iba al cementerio, ahora solo recuerda con pena y resignación los estragos del tiempo y reflexiona para sí que con mucha frecuencia vienen los ausentes a su  memoria, pero de la manera como se recuerda a alguien que se pierde en la lejanía y las brumas del olvido, con sensible melancolía, con resignación aceptada; sin el dolor lacerante de la pérdida reciente.

Un dumper pasa remolcando el carro en el que un funcionario deposita las flores secas que retira con diligencia para evitar la suciedad. Emilio piensa para sí que el recuerdo es intermitente, como las flores que se traen, se secan y se llevan y se consuela aceptando que las cosas solo pueden ser así, mientras cae en la cuenta que al ir a cargar un tercer cubo de agua ha pasado sobre una losa que, casi ilegible, contiene los nombres de algunas personas, enterradas a nivel de suelo bajo un mármol al que le faltan letras  en el que puede leerse, no obstante, la palabra "perpetua".

Mientras lee la vieja tapa de la tumba se da cuenta de que el cubo ha rebosado. Sus zapatos están chorreando. Recibe una llamada al móvil y cuelga sin contestar, antes de apagar el teléfono. Su madre ha finalizado la tarea y la acompaña hacia el exterior, mientras ella le va refiriendo, hablando en presente, dónde se encuentran sus familiares, mencionados por su nombre, como si se tratara se personas vivas que se encontraran allí descansando. Como si los vivos llevaran su vida en la ciudad y los difuntos vivieran en paz, felices en la compañía de  sus conmuertos.

Se alejan juntos, ella apoyándose en un bastón, hablando con su hijo. Él, en silencio, apurando un último pitillo antes de ayudar a la madre a subir al coche, ya que aún no pudiendo evitar el camino de ida,  la  ha convencido para no volver en autobús pues sus maltrechas rodillas le impiden subir al mismo.

Esta madrugada caen estrellas fugaces. Como hizo con su padre, tal vez salga con sus hijos esta noche a ver la lluvia.

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