martes, 5 de abril de 2016

PARAULES D'AMOR.

Luís cuida de Andrea. Ella sufre una enfermedad mental que le ha ocasionado un grave deterioro físico; tras muchos años de dolencia, como sucedió con una importante parte de su familia, la chica; una mujer madura ya, empezó a perder la memoria, a experimentar repentinos y violentos cambios de humor y a sufrir brotes psicóticos; al principio leves y someros, luego más continuos y profundos. Alternaba sus crisis con períodos de lucidez y de recuperación física que la convertían en una mujer inteligente, femenina y generosa.

Se conocieron en plena adolescencia. Tras muchos años de noviazgo, con altibajos, llegaron al acuerdo de organizar su vida juntos. Entonces todo cambió; la enfermedad de Andrea hizo que se fuera apartando cada vez más del mundo real y, por tanto, de Luis. Pero en los estadíos de mejoría, volvía a ser una persona tierna e inteligente. Era como un renacer; como un reiniciar la vida de amor y compañía que Luís tanto añoraba y que, resignado, veía cada vez más como imposible de consumar.

A quien Dios quita la salud, primero le priva de la razón; por esto, cada vez más profundamente enferma Andrea de su entendimiento, le sobrevino un proceso de empeoramiento físico que parecía ya irreversible. Se sometió a diálisis durante casi tres años, pero el tratamiento era incompatible con su cuerpo tanto como con su alma, pues se conjugaban, en periodos cada vez más frecuentes, la demencia y la insuficiencia renal severa.

Tras estudiar la necesidad urgente de un trasplante y valorar todos muy seriamente la opción de dar a la mujer un tratamiento paliativo, que es como tenerla tranquila a la espera de que muriera, se descartó la opción de que su padre pudiera donarle un riñón, pues había sufrido una enfermedad años atrás que hacía incompatible el trasplante.

Resultó compatible, por la juventud y por los resultados de un complejísimo estudio clínico, Luís. Sin pensárselo dos veces, con el consejo en contra de su familia y muy especialmente de su madre, que no veía en la donación más que un trance de sufrimiento para intentar recuperar a una mujer irrecuperable, se produjo la operación.

En varias ocasiones, durante el post-operatorio, Andrea estuvo a punto de fallecer. Luis, sin embargo, se recuperó rápido; tan solo le quedó una horrible cicatriz que le recorría todo el costado izquierdo.

Pasó  el tiempo y Andrea mejoró; solo relativamente. Tuvo que tomar inmunodepresores, junto a la medicación propia de su terapia. Pasaba más tiempo en el ala de crónicos del hospital psiquiátrico que junto a Luís.

Como la vida sigue, Luís acabó encontrando a otra mujer, con la que ahora comparte vida y tiene dos hijas; pero en los períodos de lucidez, cada vez más extraños y deteriorados, vuelve junto a Andrea; pide permiso a Helena, y pasa algunos días con ella; acompañándola junto a su cama; antes de que su alma, su razón, vuelva a abandonarla; aprovechando la chispa de entendimiento que le queda para sacarla a pasear y escuchar una canción de los años 60 de Serrat, que le sigue gustando mucho a la chica; ya mujer madura y le alimenta su memoria para que, ausente del presente, ambos puedan estar juntos en un pasado en el que la salud y la compañía lo iluminaba todo. "Paraules d'amor".

Llevan así varios años. Es una rutina de ausencias. Pero es cuanto tienen y todo lo que no pudo ser.

sábado, 19 de diciembre de 2015

MARÍA LA PORTUGUESA

15 años sin Carlos.

Inerpretación de Carlos Cano y Amália Rodrigues. Nada se puede añadir.

https://www.youtube.com/watch?v=0pnp_IHjDq4

En las noches de luna y clavel,
De Ayamonte hasta Vila Real,
Sin rumbo por el río, entre suspiros,
Una canción viene y va.
Que la canta maría
Al querer de un andaluz.
María es la alegría
Y es la agonía
Que tiene el sur.

Que conoció a ese hombre
En una noche de vino verde y calor
Y entre palma y fandango
La fue enredando, le trastornó el corazón.
Y en las playas de Isla
Se perdieron los dos,
Donde rompen las olas, besó su boca
Y se entregó.

¡Ay, maría la portuguesa!
Desde Ayamonte hasta Faro
Se oye este fado por las tabernas.
Dónde bebe vihno amargo.
¿Por qué canta con tristeza?
¿Por qué esos ojos cerrados?
Por un amor desgraciado,
Por eso canta, por eso pena.

¡Fado! Porque me faltan sus ojos.
¡Fado! Porque me falta su boca.
¡Fado! Porque se fue por el río
¡Fado! Porque se fue con la sombra.

Dicen que fue el "te quiero"
De un marinero, razón de su padecer.
Que en una noche en los barcos
Del contrabando, p'al langostino se fue.
Y en la sombra del río,
Un disparo sonó.
Y de aquel sufrimiento
Nació el lamento
De esta canción.

¡Ay, maría la portuguesa!
Desde Ayamonte hasta Faro
Se oye este fado por las tabernas.
¿Dónde bebe vinho amargo?
¿Por qué canta con tristeza?
¿Por qué esos ojos cerrados?
Por un amor desgraciado,
Por eso canta, por eso pena.

¡Fado! Porque me faltan sus ojos.
¡Fado! Porque me falta su boca.
¡Fado! Porque se fue por el río
¡Fado! Porque se fue con la sombra.

¡Fado! Porque se fue por el río
¡Fado! Porque se fue con la sombra.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Frankenstein 04155

Ayer tarde, un poco cansado de esta semana demasiado corta, pensando ya en las vacaciones de Navidad fui al cine. Inesperadamente, encontré un estreno, en sala especial para auditorio especial con el título de esta entrada. He de admitir que no había oído antes hablar de esta película española documental. La presentaban los afectados por el accidente del tren Alvia de Santiago de Compostela.

Los afectados, algunos de los cuales son convecinos y participantes en el film, repiten, creo que con absoluta sinceridad, que solo quieren que se conozca la verdad, se les reconozca como personas injustamente perjudicadas y, solo entonces, la reparación, hasta donde es posible y no necesariamente económica, por los perjuicios sufridos.

La película, de escasos 88 minutos, ha sido puesta en las pantallas por una productora pequeña y se ha financiado, por lo que sé, mediante pequeñas aportaciones que han llegado escasamente para poderla presentar.

El joven director de la película, Aitor Rei, en una reciente entrevista, declaraba que solo quiere que el documento llegue al cerebro, más que al corazón, para que los que la vean juzguen; lleguen a una conclusión moral sobre la desgracia injustificada de los perjudicados y sobre el funcionamiento de nuestro sistema.

En el documental queda claro que el sistema, como conjunto de sujetos insolidarios y defensores de unas pequeñas prebendas, somos todos;  a costa de la inconmensurable desgracia de unos pocos. 81 muertos y muchas decenas de heridos físicos y psíquicos son poca cosa en comparación con los intereses de la mayoría.

Este documento te engancha desde las primeras escenas. Con una magnífica fotografía, ves el dolor y la verdad de los rostros tomados desde la cercana desnudez del corazón; percibes en lo cotidiano la desgracia del caminar doliente del herido que va a rehabilitación, apoyado en un bastón que se ve entre un bosque de piernas sanas que se dirigen normalmente a sus quehaceres diarios mientras la víctima, renqueante,  sigue su doloroso camino al gimnasio de fisioterapia. Al empezar la película, entre gente normal, encuentras a una víctima, ignorada por los que la rodean caminando en sentido contrario, la cual  tú ya habías olvidado desde hace muchos meses.

Primeros planos con lágrimas desgarradas de los que han perdido, sin poderse despedir, a su hijo. Declaraciones angustiadas, llenas de suspiros y larguísimos silencios de unos y equilibradas y serenas de otros que, mientras explican cómo un día cayeron en el infierno, no pueden evitar, manteniendo la calma, que los ojos se les arrasen en lágrimas.

Con eso te enganchas; es imposible no dejarse llevar por la empatía que se siente ante la desgracia demoledora de personas normales, como tú o como yo, que, inexplicadamente, acaban perdiéndolo todo.

La película, que me recuerda  los documentales de Michael Moore, empieza con el tiempo de descuento de un reloj; cada segundo de cada minuto es un latido; cuando se alcanza la hora exacta del momento del accidente (técnicamente lo ocurrido no fue un accidente, pues no fue un suceso fortuito), los pitidos, similares a los del  monitor de un electrocardiógrafo, pasan a ser un zumbido agudo continuo que todos asociamos a la muerte. Entonces empieza la narración, al tiempo que vemos descarrilar el Alvia un poco antes de que la pantalla se funda en negro. Inmediatamente se oye la comunicación del maquinista con la central de Madrid, en la que, de forma desgarrada, reconoce que se despistó como era previsible que pudiera pasar y de lo que tantas veces habían advertido los maquinistas a sus responsables de seguridad; "somos humanos", se disculpaba, para continuar expresando su angustia "espero que no haya muerto nadie...pobres pasajeros; pobres pasajeros...".

Pero, como dice el director, lo que más interesa es llegar al cerebro; con hechos, con documentos, con páginas del BOE, con declaraciones cualificadas de ingenieros, de maquinistas y de ex altos directivos de ADIF/RENFE. Con declaraciones de políticos que, a toda costa, por vanidad personal o rentabilidad electoral, inventaron una linea de alta velocidad que tenía en un tramo toda la inseguridad de una linea ferroviaria de la primera mitad del siglo pasado.

Resulta increíble que un torrente de documentos, avisos, recomendaciones de fabricantes y el general conocimiento dentro de la empresa de lo que estaba pasando  no llevara a nadie a evitar lo que, tras muchas veces yendo peligrosamente con el cántaro a la fuente, era previsible que con el tiempo sucediera de forma segura.

"Siempre se echa la culpa al muerto. Con ello se evitan otras responsabilidades y, por eso, somos un país que no aprende pues no afronta la verdad completa de lo sucedido. Pero esta vez el muerto está vivo; no se puede culpar totalmente al maquinista que fue, con su responsabilidad, el eslabón final de muchas otras responsabilidades previas que nadie quiere asumir", explicaba a la sala el hijo de uno de los fallecidos, acompañado de viajeros sobrevivientes, uno de los cuales es el protagonista que en el film pinta un graffiti titulado "FRANK  ENSTEIN", que era el nombre con el que se conocía al tren Alvia por parte de los ferroviarios, que lo consideraban un aborto, un engendro compuesto por "trozos" de otros trenes que lo convertían en un convoy imposible de homologar.

Spanair, el metro de Valencia, el Yakolev y el Alvia son sucesos que se repiten porque el sistema, que somos todos, asumimos riesgos inaceptables, en la esperanza de que no ocurra ninguna desgracia y si ocurre se culpa al piloto o maquinista y a las víctimas, si se vuelven incómodas en su dolor; esas víctimas que son pocas, que serán indemnizadas económicamente (no moralmente), de las que todos nos compadecemos pero olvidaremos en dos semanas, porque tenemos que seguir viviendo y creemos remota la posibilidad de que los siguientes seamos nosotros.

Esta entrada al blog es mi aportación a los damnificados. No dejéis de ver la película; es de una clarividencia demoledora y nos hace pensar.

viernes, 16 de octubre de 2015

PENHALTA



Penhalta es un portugués a quien la vida  vino a traer a la entrada de un hipermercado para hacer de portero y conserje de las clientas añosas que van cada día a realizar su compra.

Muchas de ellas, rentistas de escasas pensiones, van diariamente a comprar pequeñas cantidades de alimentos, pues viven solas y en el ritual de la compra ahorran dinero, al evitar sustentos innecesarios que se pasen, al tiempo que se dejan ver otro día más, a modo de fe de vida, pues  consiguen que Penhalta las eche de menos si faltan.

Manuel, que así se llama el ujier limosnero, ha fabricado una rampa de madera que permite a las abuelas subir el carro de la compra, el cual va generalmente vacío, por lo poco que van adquiriendo, al tiempo que, cargando el carro al revés, con lastre de una garrafa de 5 litros de agua, sirve a las ancianas de andador. Cada día las recibe sonriente y les abre la puerta de la gran superficie alemana; las conoce por su nombre y se dirige a ellas en portuñol:

---"Bom día, Dona Helena. Me alegro de verla. Posso ajudar?", pregunta mientras toma el carro de la parroquiana y abre la puerta de acceso al supermercado, sin esperar respuesta de quien en ese acto se siente importante.

Manuel es un hombre que frisa la ancianidad; pasa horas enteras a la puerta del hiper y siempre se presenta aseado hasta donde su situación lo permite y más, que no se deja nunca barba de dos días o lleva sus escasos y entrecanos cabellos despeinados.

 Junto a la jamba del portón está su mochila, en la que se encuentran todas sus  pertenencias.

A todos los que pasan de camino por la calle; por el lugar en que se encuentra a pie firme, da los buenos días; algunos le contestan, otros se hacen los distraídos y algunos, los menos, se paran unos segundos para responder al saludo, intercambiar unas rápidas palabras y ofrecerle alguna moneda que generalmente no sobrepasa el  medio euro y es recibida con una sonrisa reverente.

Al final de la tarde, Manuel ha conseguido una magra colecta de los céntimos que las compradoras van entregándole de lo poco que ellas tienen; siempre ofrece, en cambio,  un gesto de cortesía y amabilidad; incluso cuando nada recibe de quien casi nada tiene y a los que cruzan por la acera, delante de él sin responder, despide con su consabido "Adeus. Bom día".

Luis, el dueño de una churrería que se encuentra justo en la acera opuesta, le ofrece por la mañana un café muy largo de leche y una rosca caliente que, siempre, Manuel paga dejando calderilla sobre la barra, aunque el patrón no le acepta el euro y medio del desayuno que para Penhalta significa dos horas de plantón. Luis es un hombre serio, de pocas palabras; cualquiera creería que desde lo que parece una medida antipatía, ofreciera a Manuel, de mala gana, el desayuno de cada día; pero es solo un tipo adusto, de buen corazón y formas distantes que ayuda, sin dárselas de cariñoso,  a quien ve helado en la acera de enfrente, simplemente porque su negocio y su conciencia le llevan a cumplir lo que para él no es mera caridad, sino obligación ineludible.

---"Luis, ¿El portugués desayuna aquí todos los días? ¿Sin pagar? ¿Con esas pintas?", preguntó en una ocasión un funcionario que de siempre venía a desayunar chocolate con un churro.

---"El portugués viene porque sabe que en ese rincón del mostrador hay una leche manchada y una rosca caliente. Yo le hago una seña a través del ventanal. Si paga o no son cuentas mías. De crío me explicaron que enseñar al que no sabe, dar de beber al sediento, dar cobijo a quien no tiene techo o comida al hambriento son asuntos que no se discuten. Si alguien no está de acuerdo, ahí tiene la puerta y tampoco hace falta que vuelva por aquí".

 Una chica gordita de la sucursal de la cadena de alimentación, al final de la jornada le saca en una bolsa una baguette bien fría y, dependiendo de los días, sobras de embutidos que sirven al portero para agenciarse un bocadillo grande. A Manuela, la chica cordial que se llama como su conocido, le pide éste a veces una cerveza, pero ella no se la entrega, porque considera que eso ya sobrepasa lo que puede entenderse por entrañable caridad, aunque sí le ofrece agua del grifo; lo que no impide que Penhalta, en cuanto Manuela vuelve a sus labores, se escurra hacia  la tienda de chinos que hay detrás de la manzana y se haga con una litrona con que mojar la única comida del día.

Durante el pasado invierno Manuel estuvo desaparecido casi dos meses; pues cayó enfermo de neumonía por el frío acumulado en sus huesos mientras ejerce su oficio callejero de portero voluntario.

Por el buen tiempo, a veces duerme en algún banco de los jardines de la zona de copas y aprovecha el fin del botellón para recuperar restos de bebidas que, en el fondo de muchas botellas abandonadas, han ido dejando jóvenes despreocupados por lo que el paso de los años, el alcohol y los golpes de la vida pueden hacer de una persona. Ya un tanto achispado por la mezcla rebuscada, algún fin de semana se le ha oído cantar, rayando el amanecer, sin desafinar demasiado, las estrofas de alguna canción en su lengua natal:

---“A alma ten saudade de um além
que ja esqueceu mas onde foi feliz
Ao corpo presa julga-se ninguém
E o que sofre só no cantar o diz”

Va entonando mientras modula la consabida tristeza del fado y se va refiriendo, a sí mismo, lo que significa la lúcida tristeza de vivir, con una botella casi agotada que apura a cortos tragos; sujeta por la mano derecha y la mochila colgada sobre el hombro izquierdo, camino de algún cajero en el que dormitar hasta entrada la mañana, pues en domingo descansa.

martes, 6 de octubre de 2015

CONTRATIEMPO



Andrés se ha levantado temprano. Tenía que asistir, de uniforme, a un acto oficial durante el que iba a recibir una condecoración.

Había quedado con algunos compañeros; con antelación suficiente. Tras preparar la ropa, lustrar los zapatos una vez aseado a conciencia, al llegar a su coche comprobó que, aunque él iba impecable, el turismo estaba lleno de un polvo rojizo acumulado con motivo de sus paseos por el campo, a bordo del 4x4.

Apremiado por el tiempo, repostó llenando el depósito de gasoil hasta la boca y, de forma inmediata, metió el todoterreno en un túnel de lavado. La empleada de la gasolinera, tras cobrarle el combustible, consiguió venderle medio queso, un bocadillo, una botella de vino de Toro y un décimo de lotería. Tras cada oferta lo llamaba  reiteradamente “caballero”; le entregó una placa de plástico, con forma de tarjeta gruesa, que había que introducir en la ranura de una máquina ubicada junto al mencionado túnel para el activado del mismo.

Tras colocar el coche, una vez introducida la placa en la máquina, el robot cuadrado, armado de difusores de agua y jabón y grandes mopas giratorias, le  indicó con un texto iluminado que debía mover el coche un poco más hacia delante. Lo colocó, pero tuvo que volver a la receptora de la placa porque el sistema no funcionaba. Movió la tarjeta y, de pronto, como a traición, el robot del túnel empezó a funcionar. Corriendo, de vuelta al coche, que se había dejado abierto, se metió en el interior para evitar una ducha. Dentro del coche notó como que se movía y tiró del freno de mano, pero era una falsa sensación, pues lo que se desplazaba era el robot a lo largo del vehículo, yendo hacia atrás echando agua y moviendo las bayetas rotatorias de forma amenazadora.

De pronto, empezó a entrar agua por las ventanillas; al cerrar las puertas había olvidado que estaban bajadas, pero ya no podía salir. La única posibilidad de mover los cristales y cerrarlas era activando la llave de arranque, pues el elevalunas es eléctrico. Así lo hizo, pero no antes de que un buen chorro de agua enjabonada empapara su camisa blanca. Al activar el elevalunas para subir los cristales se levantó la antena de la radio, también accionada por motor eléctrico, en el momento en que los trapos giratorios la engancharon y la arruinaron, dejándola con forma de Z.

En cuanto el cacharro dejó de echar un ciclónico chorro de aire caliente, arrancó el motor y salió, nerviosísimo, del túnel de tortura. Enseguida enderezó como pudo la antena para no resultar su coche limpio tan llamativamente ridículo, pero, antes, al bajar, se le enganchó el cinturón de seguridad en el pie derecho y vino a caer de cabeza, cerca de donde le esperaban sus compañeros de viaje. Al caerse dio con el pié en la palanca mando del parabrisas, que se activó con su repetitivo ruidoso vaivén, lo que, por si alguien aún no hubiera reparado en él, hizo que los que le esperaban se acercaran desde lejos, pensando que había sufrido un desvanecimiento.

Tras alguna maldición, se limpió con unas toallitas que llevaban lanolina y se sacudió el pantalón.

El jabón, por suerte, no dejó lamparones en su camisa blanca. Todos llegaron a tiempo y nadie, excepto él, fue consciente del ridículo de su comportamiento. Solo, de vuelta a casa, tras el acto solemne, iba riéndose  ligeramente mientras recordaba lo sucedido; pensando que, de veras, era un desastre, considerando para sí, consolado, que otros lo son en otros aspectos.

Luego, al colgar la ropa en el perchero, su mujer reparó en el hecho de que el pantalón tenía un siete en la rodilla; le recriminó que no tuviera cuidado de las cosas; incluso su torpeza la achacó a su edad, reprochándole que cuando era más joven no sufría tales descuidos. Él pensó para sus adentros que siempre había sido la personificación del despiste total y, sin explicar que el pantalón se hubiera roto al caerse de cabeza desde el todoterreno con el pie enganchado en el cinturón de seguridad, cambió de conversación para olvidar el contratiempo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

ÉXODO. ESPERANDO A LOS BÁRBAROS.

En la sociedad de la información, conforme explicaba Susan Sontag, una imagen no es simplemente eso, sino que va acompañada de la intención de quien la reproduce, ya sea un pintor o un fotógrafo, del contexto en que se reproduce y de la aportación de quien la recibe, reinterpretándola, reconstruyéndola y dotándola de nuevos significados.

En la sociedad de la imagen, de la información y de la comunicación, a todos nos ha conmovido, más que todo lo conocido sobre la tragedia siria, la imagen de un niño ahogado en la costa de una playa turística turca, el cual, tras ser fotografiado, era trasladado en brazos; su minúsculo cuerpo, por un espigado policía turco que llevaba al crío recién muerto de manera que pareciera cargar, abrumado, el miedo provocado inesperadamente por una desgracia inexplicable, expresando el respeto que se rinde ante el cuerpo de un inocente inexplicablemente muerto y la vergüenza de los que veían, en esa tragedia encarnada por un menor casi lactante, que se hubiera ahogado frente a una zona turística en la que veranean muchos europeos que acuden allí para disfrutar de buen clima y buenos precios.

Inmediatamente, cargados de complejos y de simple torpeza bienintencionada, muchos europeos declararon que había que acoger a todos los refugiados sirios, de manera que se pudiera evitar lo que, en las tiernas carnes de un inocente, todos veíamos suceder en las personas que, como apestados, eran trasladados en trenes, expulsados de países y hacinados en campos de concentración de manera que no se había visto desde la segunda guerra mundial o la época del gulag, aunque los gobernantes siempre explicaran que eso no eran eso, campos de concentración.

Admiro de corazón a los que, de buena fe, consideran que habría que acoger a todos los sirios que huyen de una guerra civil provocada entre un dictador apoyado por Rusia, China e Irán, frente a los islamistas del DAESH, que son el precipitado de la reacción sunnita contra los chiíes iraquíes y sirios, provocada por la intervención americana en Irak para derrocar a Saddam.

Todos los que tienen derecho al asilo han de ser acogidos en Europa; esto es una verdad simple. Lo complicado es saber qué hacer para acogerlos, cuántos, cómo, durante cuánto tiempo y, sobre todo, cómo intervenir antes de que el terror genere ese derecho al asilo, pues, no hay que olvidarlo, estar asilado es encontrarse en una situación de total postración social.

La raíz del problema radica en una complejísima ecuación que es dificil hasta de plantear; la Pax Americana será tan incapaz de frenar a los bárbaros como lo fue la Pax Romana y la opulenta sociedad europea (USA está muy lejos) podrá difícilmente asimilar a los asilados y a los refugiados económicos sin modificar una parte de su esencia, salvo que considere intocables los Derechos Fundamentales nacidos de las revoluciones liberales y obreras, de manera que todo inmigrante deba someterse, si eso es posible de conseguir, a ese núcleo duro de la democracia occidental y haya la suficiente claridad de ideas para reaccionar duramente en defensa de esta herencia política que tanta sangre costó a la propia sociedad occidental siglos atrás.

El otro gran bloque occidental, USA, también está recibiendo a sus bárbaros, los latinos, los cuales están extendiendo su lengua y sus costumbres en más de la mitad del país y lo están haciendo con una intensidad exponencial; pero resulta que, con existir una mayor influencia latina en USA y haber sido esta más prolongada en el tiempo, la convivencia con la inmigración, de naturaleza económica y raíz cristiana, puede resultar más fácil de ordenar de la que pudiera recibir Europa, de naturaleza multicultural, tanto de parte de los que llegan como de quienes los reciben que no tienen en común más que sus olvidadas raíces cristianas romanas.

Oía en una radio extranjera, días atrás, a unos sirios civilizados, cultos, universitarios de clase media alta, que explicaban que apoyaban al DAESH (Estado Islámico) frente a Assad y que por miedo a éste habían tenido que exiliarse.

Será imposible resolver este problema si no se interviene en sociedades tan férreamente cohesionadas y antidemocráticas como las islámicas y, esto queda claro, la solución no pasa por derrocar a dictadores para aupar a terroristas, como torpemente ha hecho occidente. Ahora, tras tanto paño caliente y medias tintas, al DAESH solo lo puede frenar la infantería y no parece que que la lejana USA vaya a poner más muertos ni que pase por la cabeza de las potencias árabes, que pudieran pacificar la zona, hacerlo. Ni pueden hacerlo los drones precisos y cobardes de tanta eficacia para la eliminación táctica, artera y alevosa de determinados objetivos. La guerra de baja intensidad es tan incapaz de evitar el terrorismo como la frontera del Rin lo era de contener a los bárbaros y lo serán, de nuevo en la actualidad, los inútiles muros coronados de concertinas, las granadas lacrimógenas o los cañones de agua a presión.

Un importante periodista árabe, llamado Abd-al Rahman al-Rachid, publicó en Asharq al Ausat:

"Es un hecho indudable que no todos los musulmanes son terroristas, pero es tan cierto que todos los terroristas sí que son musulmanes. (...) ¿No nos dice esto nada sobre nosotros, los musulmanes y sobre nuestra sociedad? El Jeque Yusuf al Qaradaui, padre de dos chicas protegidas por la policía inglesa que estudian en la liberal Gran Bretaña, justifica y aprueba el asesinato de civiles norteamericanos en Iraq. Me pregunto cómo puede esperar que le crean cuando afirma en televisión que el islam es una religión de paz, misericordia y tolerancia. Nosotros, los musulmanes, estamos enfermos de una enfermedad muy seria que habría que curar, tras admitir que se padece. No podemos limpiar nuestro nombre si no admitimos que el terrorismo es una indignidad asociada al credo musulmán (...) No podemos  redimir a nuestros jóvenes si no nos enfrentamos a los jeques que para dotarse de identidad e importancia envían a la muerte a los hijos de los demás, mientras envían a sus hijos a estudiar a universidades americanas o europeas."

Desde la mentalidad occidental es imposible resolver esa ecuación: ¿Es mejor un dictador o un terrorista? ¿Es fácil la asimilación cultural de millones de personas provenientes de sociedades profundamente antidemocráticas? ¿Es válida la experiencia francesa con sus colonias árabes o la alemana con los turcos? Admitiendo que es un hecho inevitable ese desplazamiento demográfico aplastante hacia una Europa infértil y vieja ¿Podemos declarar, de manera profundamente cínica, como Chirac, que en una constitución europea no puede declararse la raíz cristiana de Europa porque es igualmente de raíz musulmana? ¿Ser laico es rechazar el cristianismo para ponerlo en igualdad con el islam?

lunes, 24 de agosto de 2015

Trabajo sucio

Chernaia rabota (черная работа) o "trabajo negro", 

literalmente, era una expresión rusa utilizada en la época 

de la NKVD soviética para referirse a los trabajos que se 


realizaban al margen de la propia ley y de cualquier 

procedimiento. Si ya esta ley o sus procedimientos 

significaban poco en el régimen de los juicios espectáculo

 de la purga del Gran Terror, todavía estos límites quedaban,


 si eso era posible, difusos respecto a 

determinadas decisiones políticas en relación con 

detenciones ilegales, torturas, coacciones o asesinato de

 unos determinados enemigos de clase o contrarios dentro 


del propio partido.


Hay que remontarse al final del primer tercio del siglo pasado


 para contextualizar la historia de un genocidio 

practicado materialmente por un solo individuo.



Tras la firma del pacto Mólotov-Ribbentrop, Polonia fue


 ocupada por Alemania y por la URSS desde el oeste y 

desde el este, respectivamente.


Tras esa ocupación, los miembros del politburó soviético, es 


decir, Stalin, Mólotov, Kálinin, Kagánovich y 

Voroshílov, acordaron la eliminación de 22.000 prisioneros 


de guerra polacos, al ser considerados

 "contrarrevolucionarios y saboteadores"; eran oficiales 


militares, policías, terratenientes, intelectuales y curas.

 Tras el avance alemán en dirección a Smolensk, a unos 350


 kilómetros de Moscú, ya en guerra Alemania y 

Rusia, cerca de la antigua frontera polaca, una partida de 


soldados del ejército alemán que perseguían a unos 

lobos, encontraron un montón de huesos humanos


 desenterrados en lo que pudiera ser una tumba. Tras

investigar encontraron, en el bosque de Katyn , centenares

 de cadáveres en descomposición, vestidos muchos de ellos

 con uniformes polacos y los brazos atados a la espalda con


 alambres. Los rusos, apoyados por los ingleses, 

aliados en contra de Hitler, aseguraron que esos cadáveres


 correspondían a unas ejecuciones realizadas por la

 Gestapo, lo que, por el estado de descomposición de los


 cadáveres, era una postura totalmente indefendible.

El debate sobre lo sucedido sigue abierto hoy en día a nivel 


político. Entre los rusos hay una corriente 

negacionista de los hechos que explica lo difundido como

 una maniobra contra Rusia en la que se 

habrían falsificado los documentos de los expedientes.

 Gorbachev, en los 90, entregó a su homólogo polaco 

una parte del expediente con la lista nominal de todos los

 polacos ejecutados, sin embargo, la Fiscalía Militar 

rusa, en un informe secreto, declaró años después, durante 


el proceso de apertura de archivos, que los 

hechos eran constitutivos de un delito de "abuso de poder"

 (sic!), el cual ha prescrito, lo que implicaría, como 

consecuencia,  no poder formular recurso ni tener acceso a

 los archivos que han sido declarados secretos, en un total

 desconocimiento de los principios de legalidad penal 

occidental, entre los que se encuentra, en lugar preeminente,


la publicidad. La calificación de la Fiscalía no es 

solamente un repugnante acto de cinismo, sino que pretende


 eludir la imprescriptibilidad del genocidio.

Por todo ello, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha 

condenado a Rusia a instancia de una organización

 de familiares de los asesinados.



Si la vergonzosa postura de Putin al respecto, a estas alturas


 de la Historia, no encuentra calificación que mida tal infamia,

 a lo largo de la Historia los dirigentes soviéticos se cubrieron

 de mayor deshonra aún, al intentar juzgar a los alemanes

 durante los procesos de Núremberg por este genocidio. En

 este asunto, todo se agrava si comprendemos cómo se

 ejecutaron los hechos en la conducta de uno de los

 verdugos estalinistas.

Vasíli Mijáilovich Blojín era un general de brigada, jefe de la 

Kommandatura del NKVD (Comisariado del 

Pueblo para Asuntos Internos, o policía secreta). Este 

personaje era un sujeto originario de una familia de 

campesinos que se sumó, tras la Primera Guerra Mundial, al 

Partido Comunista. Fue cooptado por Stalin y se 

convirtió en su verdugo particular, encargado de eliminar 

durante los mandatos de Yagoda, Yezov y Beria, a 

personajes importantes del propio Partido, el ejército o las 

letras rusas. Fue condecorado con los más altos 

reconocimientos por sus servicios y por la realización 


eficiente de sus cometidos, pues no solo era un asesino

 de masas, sino que mataba de manera eficiente. Es quien 

ostenta el oscuro récord de haber asesinado 

personalmente al mayor número de personas. Se calcula 

que en Katyn llegó a asesinar personalmente unas 10.000

 personas.

Cuando le hicieron el encargo  había allí demasiados 

prisioneros para su ejecución extrajudicial, por lo

 que fue necesario organizar un procedimiento normalizado 


de eliminación industrial, similar en el que se sigue 

en un gran matadero que debiera suministrar cientos de 

piezas de carne cada noche. Por ese motivo, organizó 

una cadena nocturna de eliminación que iniciaba con la

 identificación del sujeto, su depósito en el lugar de ejecución

 y su traslado a una gran fosa de 500 muertos de lado,

 donde era enterrado con centenares de compañeros de 

desgracia.


Blojín se encontraba de uniforme, vistiendo sobre el mismo 

un delantal de carnicero y unos guantes de goma. 

El ejecutado perdía la vida de forma tan rápida e increíble 


que su eliminación tardaba menos de tres minutos.

Se hacía como si se le identificaba. Con las manos sujetas a 

la espalda por alambre, se le introducía en una

habitación roja (la habitación de Lenin) insonorizada y

pintada de ese color para disimular la sangre, drenada y con

 una manguera para limpiar los restos humanos, tenía  una

 trampilla y una rampa en el lugar opuesto de la puerta de 

entrada. Era sujetada la víctima por los brazos y Blojín,

 desde la espalda, le hacía un disparo en la nuca, a la altura

 del cerebelo. Unos lo echaban por la trampilla, rampa abajo 

para cargarlo en un camión, otros limpiaban la sangre. Para 

el asesinato no usaba armas potentes o ruidosas, 

como el revólver Nagant del 7,65 mm. o la reglamentaria 


pistola automática Tokarev, que disparaba un cartucho

demasiado potente y ruidoso, que podía ocasionar rebotes 

al atravesar el cráneo y ensuciar demasiado, 

además de ser de disparo incómodo tras realizar una 


decena de tiros. Utilizaba una pistola alemana Walther 

Modell 2, del calibre 6,35 mm.; era un arma  de bolsillo 

pequeña y cómoda con la energía suficiente para una 

eliminación certera y eficiente del ejecutado; además era 

alemana, así como la munición, lo que facilitaría una 

pista para culpar a los nazis de este crimen concreto. 

Tristemente,en muchos mataderos se utilizan cartuchos

 del pequeño pero suficiente calibre .22, por el mismo 


motivo. Además del delantal y los guantes, portaba una 

cartera con varias pistolas para suplir averías.


Tras la muerte de Stalin, Blojín fue destituido de sus 

funciones y privado de sus honores por Jruchev, pero, a la 

muerte de éste, fue rehabilitado de nuevo. Para entonces se 


había convertido en una ruina; un alcohólico 

enfermo mental que acabó suicidándose (según las fuentes 

oficiales). Se encuentra enterrado en un cementerio 

moscovita junto a los restos de su familia.